El alma frugal de la voz (‘El canto del cisne’ de Antón Chéjov)

juan martins

El signo, la voz que se introduce en el espectador. Sabemos que el radioteatro debe componerse de lo que es: dicción. Con ello la relación audiencia-texto queda delimitada en función de la voz. De tal manera que la condición del texto dramático adquiere su actualización en el público con esta versión de El canto del cisne, de Anton Chejov(1) , escrita y dirigida por Nelson García, expresando uno de los vértices, su locución. Es decir, reconocemos la sintaxis del relato teatral en la medida de la proyección, la cadencia, el ritmo y el tono de aquella voz y más adelante la progresión dramática. Para que esto suceda no sería suficiente con la historia del relato por sí misma, puesto que quedaría en la zona de lo literario, en cambio, su función se traslada más allá al momento que adquiere teatralidad. Para poder entenderla, el público radioescucha  trasciende de aquellos mecanismos con los cuales se representa el teatro o se consigue proyectar cuando, decía, esta voz se introduce orgánicamente en el espectador con toda la cadena expresiva: sentido, comunicación y, al cabo, su representación, siempre que consideremos los límites aquí expuestos. De lo contrario no estaríamos frente al evento ni siquiera los primeros cinco minutos, sin embargo, alcanza niveles de aceptabilidad: consistencia, formalidad y sentido teatral. Lo sabemos porque estamos sostenidos de su componente diegético (la fábula, lo literario o la sintaxis narrativa). El texto, sobre la voz de sus intérpretes, nos envuelve por su dominio actoral, tanto de parte de Orlando Ascanio (Vasil Vasilievich Svetlovidov) como de Luis Enrique Torres (Nikita Ivanich). Ambos, en los respectivos roles, lo consolidan. Y el propósito de la dirección con ellos. Lo adecuado entonces aquí debe definirse: aquella cadencia, el equilibrio entre la forma que exige su texto: la dinámica del arte, su noción poética como para decir del teatro dentro del teatro en tanto medio de vida y género artístico. Así que, conociendo de la capacidad de Ascanio como actor y pedagogo teatral, queda establecida esa relación. Oímos, sí, el texto, pero también su impronta teatral. Y lo orgánico, tal como lo defino, se denota y connota en la instrumentación de la voz como signo teatral y, al ser signo, la significación viene a lugar: la vida y su idiosincrasia en la que la función pragmática del discurso se hace necesaria, esto es, las ideas en torno al teatro, su relación social y cómo, mediante el lenguaje, es percibido por aquel espectador. Construyendo su poética y su estadio racional de la experiencia. Lo que el público percibe: el arte y su importancia ante la vida. Lo teatral como exigencia humana por un mundo sensible, de interacción y sensibilidad. La voz me permite ese lugar de racionalidad porque me condiciona la emoción «escenificada». Me introduzco en el desasosiego, el amor, dolor, desamor y, la pasión teatral que el texto mismo connota. El deseo también de compartir en momentos de pandemia. Un hecho tangible y racional. Los actores están integrados a esa unidad poética y, ya se sabe, esto es posible por su construcción racional y pensante. El teatro se piensa a sí mismo. Y la audiencia se emociona puesto que se identifica con sus niveles de sensación, entendiendo ésta como la intelectualización de las emociones: nos hacemos en el texto por las mismas condiciones del amor, un amor compartido sobre esta noción de lo poético. Trato de decir lo siguiente: la frase, el canto y los diálogos, una vez intelectualizados, adquieren su forma dramática en cuanto al texto. Por lo que su valor humanitario se deja trasparentar.

     Lo literario (considerando que el texto se anuncia) se impone en esa corporeidad: la voz, ya lo dije, es cuerpo y signo por medio del cual se infiere para su representación: el drama logra sustituirse por las ideas, ideas estas que rodean al arte y su condición humana: el arte, el actor, el hombre y el teatro en los límites de lo social. No con menos lo logra Torres en su rol. Implicación actoral. Dominio del instrumento vocal, la inflexión y el tono frugal. La síntesis del drama en la versión de su director Nelson García apunta hacia este logro con la justa sobriedad que trae consigo los resultados mencionados. Colocar el rigor de lo necesario, tanto en la versión del texto como en la conducción de sus actores. A esto es lo que llamamos transducción, sitiar los signo que funcionan en la «puesta en escena», en la instrumentación de la voz sobre la belleza de lo que oímos. Y por supuesto con su prospectiva escénica.

     Fundación Teatro Estable de Villa de Cura muestra una vez más su impronta: amor al oficio y calidad actoral.

Maracay, febrero de 2021

(1 )El canto del cisne, de Anton Chejov ∙ Producción General: Fundación Teatro Estable de Villa de Cura ∙ Intérpretes: Orlando Ascanio (Vasil Vasilievich Svetlovidov)  /Luis Enrique Torres (Nikita Ivanich) ∙ Dirección y Edición: Nelson García (Ig:@soy_prometeo YouTube: Prometeo) ∙ Dramaturgia: Anton Chejov ∙ Duración: 28:38​ min. ∙ Fuente: https://bit.ly/36LTRR6
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