El espacio vacío del amor

 

juan martins

9 Pulpos 11 Contener el espacio vacío, la unidad escénica: sentido de lo onírico y relación con la subjetividad, con el otro: la metáfora hecha cuerpo. En «Jardín de pulpos» de Arístides Vargas y dirigida por Costa Palamides para el «Teatro de Repertorio Latinoamericano», el discurso de la representación compromete al espectador con estos niveles del espacio escénico: el espacio es la representación de lo imaginado cuando el público participa desde su cercanía. La cercanía del público adquiere esa sensualidad con el cuerpo del actor. De allí que contenga al espacio escénico. El actor/la actriz, es en ese caso, otorgan el «contenido» de ese silencio que se desarrolla en el cuidado de la interpretación que hacen del texto dramático. Y es para todos conocidos que la dramaturgia de este autor se ha comprometido con un discurso poético de la escena. Establecer entonces la corporeidad del actor en un texto de estas características permite entender de entrada que Costa Palamides le está confiriendo una presencia poética y de rigor al oficio: restringir ese discurso lo compromete con un teatro que estamos necesitando: saber qué lugar ocupa la poesía en el escenario venezolano. Decía que el silencio (en tanto al tratamiento poético de la palabra) ocupa el espacio escénico. El actor/la actriz «fragmenta» el signo y se decodifica para la actuación, sobre la unidad de la representación. Esto es, la interpretación semiológica que hace éste del texto dramático: el signo verbal (aquel texto) se introduce en un proceso de (des)construcción: la palabra adquiere sentido en ese cuerpo del actor. Las emociones se formalizan en el uso que le da éste dentro de la representación. De esta manera las emociones como el dolor, la alegría, el amor del personaje atraviesan el nivel subjetivo del espectador: la realidad cambia para éste. Como podrá notarse, el espacio escénico es también compuesto por la sensibilidad del público. Pero eso por sí solo no será suficiente. Es necesario, en cambio, una relación integral del actor o la actriz con esa condición estética del teatro: la sensualidad corporal del actor se hace orgánica puesto que aquella «interpretación semiológica del texto dramático» hace que la representación de esas emociones sean verdad a la mirada de ese público. Su «mirada» estará a medio camino entre realidades diferentes: la del espectador (con toda su subjetividad) y la del «personaje». Pero el personaje existe en la representación y, así, este público sentirá y acompañará los niveles emotivos de dicha representación. Costa Palamides lo alcanza, compone su discurso. El elenco le sigue en ese compromiso estético. En aquella —ahora le denomino así— corporeidad emotiva del signo teatral.

El espacio es «vacío», sí, pero contenido. Contenido en el cuerpo del actor. El mejor ejemplo de esto lo tenemos en la coherencia con que la exhibe su elenco. Debo destacar, en este sentido que expreso, la actuación de Marisol Matheus (en representación de «Madre-Tía-Esposa»). Alcanza ese nivel emotivo de los personajes mediante la (des)construcción del signo: el cambio de registro, la expresión orgánica del movimiento, junto con la simetría del desplazamiento nos permiten decir que esta actriz interpreta, en esa unidad del pensamiento que define al teatro, lo que significa aprehender el espacio y la estructura de esa significación: la (des)construcción del signo nos devuelve sentido en la escena. No hay exceso, sino construcción. Y esa construcción es simbólica. Lo cual se cierne en el público con toda su carga emotiva. El público, más temprano que tarde, logrará discernir ese goce estético. La estructura actoral mantiene ese nivel discursivo. Un tanto vemos en Eulalia Siso en el rol de «Antonia»: se reiteran como logros cambio de registros y corporeidad escénica: el hecho lúdico se erige en la racionalidad de la emoción: la emoción es, vuelvo a decirlo, cuerpo actoral y continuidad de aquel espacio escénico. Por su parte Beto Benites («José») afirma este compromiso estético. En él, el tratamiento del silencio (como decodificación del texto dramático) se formaliza en el uso de una actuación también orgánica, en la que la síntesis se impone: no se desborda, las líneas de su expresión corporal van acompañadas de un cuidado al rol que representa: un personaje que está entre los límites de lo real y lo soñado: «José» nos sueña: somos él en la medida que nos involucramos en su historia y conduce con ello la narrativa de esta dramaturgia: otorga linealidad y continuidad en el relato teatral: de allí que notamos cierta cadencia en sus movimientos, en su «sentir» sobre el espacio escénico como para centrar la lógica de ese relato y la continua mirada del público. Aunque pienso que las transiciones entre lo soñando y no/soñado debieron demarcarse o diferenciarse, uno de otro, en la representación. De modo que el espectador tenga tiempo de establecer una realidad de otra. Sin embargo así lo decide la dirección del espectáculo. Es una opción (no siempre el público cae en cuenta de esas diferencias). No sé por qué razón encuentro en otro nivel a los jóvenes actores que acompañan al elenco. El desarrollo de la actuación (tanto en Oscar Salomón en el rol de «El Jefe-El hijo» y Orlando Paredes en el rol de «Padre-El Otro» respectivamente) adquiere su funcionalidad. Pero hasta allí. Habría que evaluar, en rigor crítico, esas posibilidades en estos actores jóvenes que hacen visible su talento y pueden, por el contrario, ascender en la búsqueda de ese discurso simbólico y estructurante que significa «Jardín de pulpos». La distancia de ver una sola función limita ese rigor crítico que apenas puedo sostener. No creo en una crónica de una función de una sola noche, más bien, en una crítica sostenida la cual pueda conceptualizar aquellos aspectos del actor/la actriz. Pero la puesta en escena es rigurosa y exige esos niveles de disciplina en el contexto de un teatro venezolano muchas veces mediatizado por el efecto de la taquilla. Y hacer presencia en este espectáculo es un acto de amor. Necesario. Y exige por parte del estado mirar hacia un lugar diferente, diría, en el marco de aquella mediatización, irreverente del teatro venezolano, donde la belleza es presencia: el teatro como arte. Muy ajeno de lo ideológico y de la ceguera burocrática.

Fuente de la fotografía:http://teatrela.blogspot.com/

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