Bartleby desasosegado

juan martins*

Enrique Vila-Matas no se repite, nos recrea en la lectura.
Una vez la huida se representa la escritura de la negación ante los aspectos emocionales del escritor que lo asume. Veamos entonces qué tipo de vida acarrea para ese escritor que instaura la negación del mundo cuando también tendrá que darle la espalda a lo real. El escritor que ha decido no estar, no presenciar el goce del ego intelectual, comportarse como aquel escribiente llamado Bartleby de Herman Melville que preferiría no hacer nada, a pesar de su eficacia, y quedarse en el vacío de estar mirando una ventana sellada, sin destino ni paisaje. No existir, permanecer en el dolor y en la ausencia de todo, porque el dolor es una acepción poética y venida a palabra: las sensaciones que produce la vida se intelectualiza y deviene en escritura, en palabra escrita. Olvidarlo, así lo hizo Bartleby, desarticula el artificio de la escritura. Quizás estemos hablando del dolor si el lector encuentra, como yo lo encontré, un desarraigo de la realidad en pos de mi verdad como lector, el placer de concurrir a la escritura. Sobre todo a la vida del sujeto, escritor o no, cuando la abandona. Tomando en cuenta que es un viaje que necesitamos reconocer en la lectura: nos produce curiosidad ese gesto de valentía en la vida ermitaña que se ha decidido al dejarlo todo atrás: un estado emocional hecho abstracción literaria, sin embargo en manos de ese escritor tal abandono también trata de decirnos, en el fondo de todo, de lo que va la literatura. Siendo las cosas así, la escritura es un juego de conjeturas que no tienen conexión entre sí ni enlace con la vida para este tipo de escritores (esa relación será interna al texto cuando, su protagonista-narrador, va tras aquellos que han dejado obras de culto para los lectores, pero ya este tipo de escritores no escriben ni quieren escribir como revelación de una metafísica borgeana, volviendo su guiño al lector). Aunque para aquéllos la vida fluye y el dolor queda expresado en palabras. Así me uno al ensayo-novela con su libro Bartleby y compañía (2002), mediante su narrador (este escritor personaje con el que trato de identificarme), quien a su vez, Vila-Matas, toma su nombre del personaje creado por Herman Melville (Bartleby, el escribiente) y describe con ello a un personaje que busca estar en la lista de los escritores anónimos, que se hacen anónimos para no escribir como si el heterónimo de la nada fuese un estado emocional y de colisión frente a la soledad. Y si lo entiendo bien, la soledad se excava a partir de la doble actitud del escritor cuando huye y justamente se descubre con ese estado absoluto de la escritura: el no, la nada y la huida. Escritor del «No», pero que a su vez desea tener el mayor crédito con su obra, en secreto, ser un escritor secreto en cualquier rincón del mundo siempre que esté ajeno a su efecto publicitario, es decir, a contracorriente con el precepto del escritor: una persona llena de fama, de tonterías y egos que pocas veces tienen que ver con la escritura y sí más bien con la industria del libro. Aquello llamado literatura pareciera estar cada vez más cerca de un producto comercial. De esto huye nuestro protagonista o por lo menos quiere explicarnos cuando va a la «captura» de escritores bartlebys los cuales no escriben, dejan de vivir para cruzar aquel sentido del dolor, el dolor como postura estética de hallazgo con lo poético. No estará reducido el libro a la anécdota del personaje, sino a la descripción de aquellos escritores: Robert Walser, Juan Rulfo, Kakfa, Jorge Luis Borges, Arthur Rimbaud, Pepín Bello, Hofmannstahl, Jerome David Salinger, Clément Cadou, Hawthorne, Melville y el mismo Fogwill. Escritores bartlebys. Es una lista interminable, una pasión desplazada en la condición del ensayo y la narración. Lo ficcionado con lo real está necesitando de esta formalidad de la escritura. Este estado del sujeto requerirá de esta forma de la escritura con la finalidad de que lo emotivo sea accesible para el lector en tanto discurso: la pasión ofrecida por la escritura nos da curiosidad por estos escritores y reconocernos en ellos, reconocernos también con ese dolor a cambio del desasosiego que produce el no volver a escribir más. De estar en sitio con la obra y, por medio de esta actitud, allanarse de ella. Puesto que es una soledad articulada, el escritor encuentra su nivel de goce con la exigencia de lo escrito o con lo que ha dejado de escribir.
El gesto de lo escritural devuelto a la vida, siempre que la emoción del dolor adquiera cuño estético, sentido de su propia obra y relación con la buena literatura. Podrá adquirirlo en la medida en que ese desarraigo sea profundo en el alma del lector. Mi alma se desvanece por conocer la vida y obra de Robert Walser, su muerte es la vida y el paisaje de su obra. Se desasosiega en aquellos pasos por el hallazgo: la emoción se intelectualiza y adquiere forma poética, sentido escritural. Y para adquirir sentido de escritura, contrariamente, habrá que alejarse de la presión que ejerce la sociedad sobre el autor. Una paradoja, pero está allí en la escritura de este libro. Está presente en el anhelo de la voz poética de Enrique Vila-Matas y en la mía como lector. Tengo ese derecho al desasosiego. Me lo exige mi condición de lector vencido por el dolor. La escritura «No» busca lo sublime, el silencio para la organización de las ideas. Inexcusable ante las convenciones atribuidas al escritor y también al lector por supuesto. Tendré que acostumbrarme con otra idea de la escritura a modo de rebelarme. No busco entonces el éxito del escritor sino su obra. Esta idea nos conduce a una soledad diferente, a la soledad con la obra del autor, porque reconoceremos el escritor «No» en la medida de la lectura de aquellos, nos limita el anaquel de nuestros libros y de alguna manera nos vamos con la obra que no quiere ser del escritor. Volvemos entonces a la paradoja. La soledad produce este dolor estético en el goce de descubrir obras, escritores y libros secretos. Si la mitad de lectores del mundo nos redimimos a los escritores secretos nos veremos entre los límites del silencio: allí nos careamos con la obra. Será divertido, pero también es una seña a los buenos libros. No sé porque, jugando un poco con las comparaciones, tengo la impresión de que Enrique Vila-Matas es un heterónimo de Pessoa y ambos me están tomando el pelo desde Lisboa. Algo así decía ya el poeta portugués: Si dios no tiene unidad/cómo he de tener yo. Me lo dice desde este verso. Integrando la noción de lo otro y la diversidad del sujeto en su relación con la realidad. Me acerca a este sentido de la literatura, pero también a la condición de la vida. Robert Walser es escritor y también, por encima de todo, un ser humano que decidió su aislamiento y el paso misterioso de desaparecer. La intensidad emocional y sensible de esa decisión nos permite acceder a nuestras propias conductas con el mismo sentimiento de soledad que pudo albergar los personajes vila-matasianos. Nos regodeamos de lo literario para alcanzar la intensidad del drama: la soledad. Si estamos en lo correcto al interpretar el relato, nos identificamos con la emoción y a partir de allí, los personajes se diferencian por el contexto de cada uno de ellos donde se integran abandono, distanciamiento, desasosiego y la liberación del sujeto.

* Del libro Él es Vila-Matas, no soy Bartleby por juan martins. Podrá leer el mismo en la plataforma Issuu. En caso de requerir de su versión impresa comunicarse con el autor.
Bartleby y compañía
Autor: Enrique Vila-Matas.
Editorial: Quinteto
Nº Colección: 16
Encuadernación: Rústica
PVP sin IVA: 7,64 €
PVP con IVA: 7,95 €
Fecha de publicación: 09-09-1999
Categorías: Ficción, Bolsillo
Código interno: 68227
EAN13: 9788433968227
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Acerca de Juan Martins

Poeta y dramaturgo. Escritor. Crítico Teatral con trayectoria internacional. Editor. Destacado con varios premios. (Ver más en la sección «Editor» de este blog). Se ha distinguido como crítico en diferentes festivales latinoamericanos de teatro (Brasil, Ecuador y Argentina). Como investigador es coautor del libro «Análisis de la dramaturgia Venezolana actual». España, Editorial ADAE, bajo la dirección del destacado José Luis García Barrientos y coordinado por el maestro Leonardo Azparren. Conduce la revista de crítica literaria y teoría teatral «Teatralidad». Ha recibido el premio «Mejor dirección» con el espectáculo «Mariana» de José Ramón Fernández e interpretado por la actriz Mirla Campos en el «III Festival Internacional de Teatro Clásico Adaptado 2012. Argentina». «Él es Vila-Matas, no soy Bartleby», «El delirio del sentido, desde un poética del dolor y otros ensayos» y «Novelas son nombres, ensayos inexactos» son sus más reciente libros de ensayos publicado en «Ediciones Estival», Venezuela. Con la misma ha editado recientemente otro libro de ensayo «De qué hablo cuando hablo de Murakami» (2016). Recién galardonado con el «Premio III Bienal de Literatura de Poesía Abraham Salloum Bitar».
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