‘Otro futuro o nada’

juan martins

La voz poética en Otro futuro o nada1 de Rubén Darío Carrero se formaliza en la ciudad como metáfora, al dar cuenta que es seducida mediante la alteridad del lenguaje: una ciudad que se registra por lo verbal, el signo. Lo cotidiano, lo urbano y sus atisbos se hacen frase y verso sobre los límites de la prosa poética hacia la unidad del libro: Escribo sobre lo que escribo./Todavía no sé si escribo con palabras o sonidos. (Op. cit., p. 7): la crónica, lo narrativo, incluso, el aforismo adquieren, como sabemos, su representación en el lector. Éste lo acompaña con la misma sensualidad cuando el poema es apreciado desde su sonoridad. Por ser verbal, la ciudad, es susceptible de interpretación, en la que este lector transciende sobre la sensación de la voz poética. La escritura deviene en sonoridad, tensión y artificio de significación: la ciudad no sólo se interpreta sino que, por el mecanismo de la lectura, se conceptualiza. Al tiempo que se extiende en la voz poética con la cual se enuncia: se transparenta por las emociones: el dolor, el desasosiego y el deseo se definen por medio de la alteridad. Si dichas emociones se representan en y desde el lenguaje, estarán dispuestas sobre las imágenes de aquel lector. Será entonces el reflejo verbal de esa construcción poética vista en la figura del paisaje: un paisaje abstracto, emocional y, por verbal, lo es también escritural. La escritura toma el lugar de esas emociones, cuya otredad le confiere su sentir: la desviación de lo real, su transgresión, en virtud de lo que puede significar la palabra, se vierte en el tono del poema, el cual se diversifica en la forma descriptiva o narrativa. Carrero no procura su lirismo (en tanto al rigor del verso), sí en cambio, la sonoridad de aquella prosa. Y advertimos cómo se transfiere o se diversifica en lo connotativo y, por tal efecto, la ciudad, como concepto, se invierte en otras resonancias más sensibles: es una ciudad conformada de silencios, dudas y desamores. Sus voceros se constituyen en la otra orilla de la realidad: El silencio fue hecho para esto, para vivir, para caminar./El andar lento es una manera de callar./En ese andar, en ese olvido,/luchan el celaje y el recuerdo/confiados en su mimetismo. (ibídem, p. 8). Siempre que consideremos a la memoria como como mediadora de lo real, se articulará justo en las posibilidades de esa escritura, la cual se compone por su riesgo: nada existe sino en el recuerdo y éste, dado a lo ajeno de esa sensación, intenta sin recelo el fracaso porque pretende acercar al lector, pero también distanciarlo de su comodidad, de comprender que la voz del poema trata de sitiarse en el territorio de la duda. La adjetivación de esa realidad se instaura en la belleza de ese arte verbal: (…) Empiezo a escuchar el tambor, y mis manos quietas/no saben nada sobre el blanco iconoclasta de la servilleta. [Subrayado nuestro] (Ibídem, p. 11). Lo objetos, por su parte, adquieren otro valor, se sustancian en la emoción. Por ejemplo, lo «blanco» que denota sosiego se perturba ante el temor del sujeto, del yo que declara lo que más adelante será la metáfora (entiéndase como construcción verbal de aquella alteridad). Además la figura literaria le concede su otredad, ya que transfiere el valor de los objetos como únicos testigos del temor. Y el adjetivo embellece la estrofa. Hay más, la irreducible presencia de lo cotidiano. Dentro de lo cotidiano se arguye la existencia de las cosas. Todo se cosifica siempre que el yo poético muestre su conciencia. Es decir, éste existe en el ardid del poema, pero no menos real por ser abstracto: el poema se hace pensamiento. El silencio y la quietud de este «narrador poético» sustituyen el sosiego del lector. Por tal motivo, el poeta provoca su intención o quiere también que este lector se mueva hacia ese sentido de las emociones, ya que, lo invita a ser parte del pensamiento y, por consiguiente, dudar de lo real. Se pregunta la voz: hasta dónde soporto la realidad. Respondemos: hasta que el poema agote sus límites. Y, definido en lo poético, se logra tramar este sentido narrativo, en tanto que lo narrativo implique su giro poético, con el propósito de otorgarle a la escritura su libertad expresiva. Al cabo, mirar esa noción de la vida desde una perspectiva lúdica: lo que en el poema se anuncia podría ser o no real. La jerarquía de lo verbal se impone en esa cadena del ritmo, el tono, la atmósfera, el candor del poema y, aun, las mismas condiciones del lenguaje:

Siempre ha sido así en toda la historia de la humanidad:
Las consonantes vienen del pasado
con las pausas necesarias
para formar un sonido con los labios
en el rumor de las vocales
y el bis de los dramáticos
haciéndose en la eternidad del «pero». (Ibídem, p.12)

    El lenguaje dispuesto en la ironía. Éste, al estar legitimado en el poema, duda en la utilidad de la gramática para que así surja de esa caída otra posibilidad de él. Es decir, su alteridad y, a partir de entonces, la realidad del poema se introduce en el placer de su lectura, porque nos conformamos en esta irreverencia. En medio de todo, será proclive a la ciudad, cuando al «escuchar» la voz nos regodeamos de su bitácora, como si la intención de esa crónica quisiera situarnos en una zona que no sólo es imaginada, acaso conceptualizada. La diferencia la carga el ritmo el cual navega en su interior: va y viene, fluye en ese río del lenguaje a pesar de la violencia verbal con la que surge estos conceptos que devienen de lo narrativo. Sin embargo, la prosa, por tales razones, se debilita por ese ritmo y, a fin de cuentas, la sonoridad se impone. Prosa y verso se organizan en el correr de la escritura cuyos límites están en manos del lector: Es un hecho que estoy aquí viendo mis manos/en este espejo veloz que es la realidad/y mi cuerpo espera su turno como un aplauso. (…) [Subrayado nuestro]. (Ibídem, p.14). Como indicaba más arriba: la realidad se desvanece porque se espeja por lo frágil de la imágenes las cuales se originan en el ritmo. El lenguaje tiene su propia fiesta, se embellece dado a la cualidad de ese lugar de la prosa, del verso y más tarde del libro. Es notable, en el uso de aquellas frases, cómo se embellece la prosa para debilitar aquella postura conceptual y racional. Después de todo no es canto, en la convención del término, pero sí ritmo, cadencia y su prosa queda rendida a los pies del poema: espejo veloz…, La blancura indecible…, Amo sus gestos de niña ciega,…, todos los días el cuerpo pesa lo mismo. …, luz amarga… Frases éstas y en más que recorren al libro, jerarquizando la manera verbal de usar su estilo por medio del cual acusa al verso para instalar el adjetivo como artilugio verbal. Carrero se sostiene en dicho artilugio a modo de estructurar la forma. Ésta me seduce y me compromete con la vida o el arte, por tratarse este de un arte verbal cuyo encaje vendrá unido a la noción del discurso: el deseo de definir lo real a pesar de su imposibilidad. No importa si no fuera posible, esta voz poética nos dice del fracaso y la duda. Es lo que lo hace interesante. No dar nada por terminado. Y es cuando el pensamiento todavía fluirá con el mismo ritmo.

    Con todo, la ciudad será Este otro futuro [que] está entre nosotros/Es la memoria/predecible, repetitiva,/iluminada por las palabras/y por el tiempo. (…). Por lo expuesto lo urbano se me hace verbo, recuerdo, ansiedad y el deseo de clarificar su sentido en mí como instancia de mi propia otredad. En la que el humor jugará un papel predominante. Y, por qué no, el divertimento toma lugar. El lenguaje asume esta duplicidad con el propósito de representarme en él. Por ejemplo, la ironía al tratar de que ésta, la ciudad, quede definida. Como decía, será imposible, puesto que la naturaleza ya está espejada en lo brumoso de las sombras, por tanto, lo que se define de ella es su estadio de lo imaginario ya representado: mi yo(lector) camina alrededor del mismo sendero y éste se ocultará en el interior de esa misma duda, dado a las posibilidades que me permite el mismo lenguaje poético con el cual es compuesto: el amor, el deseo, el hallazgo, lo fortuito, también el desamor estarán al servicio de ese lenguaje. Logro extraviarme en este artilugio de las palabras y es entonces cuando me adueño del silencio. Las frases cotidianas de lo urbano dialogan con lo simbólico del poema:

¿Mirar es ver?
¿Cielo es vuelo de sol
o luna detenida o nube no encontrada?
¿Encumbramiento es vuelo?
Un cielo que no vuela o un vuelo sin alas.
Lo visible es el comienzo de la locura. (Ibídem, p. 44)

    El lenguaje cumple con la primera prerrogativa del poeta: connotar. De acuerdo, pero consideremos cómo sitia a lo otro, la distancia y lo adjetivado. Lo que está al otro lado de lo visible, aquella orilla donde nace el ritmo del poema. Mirar lo que está oculto será la tarea del poeta, porque la belleza de la palabra lo admite. Allí se posicionan las emociones de aquel yo poético. Desde esa consideración, se invita a mirar en torno a la vida a partir de otra perspectiva en la escritura. El silencio se consolida. Quiere decir que, en el recodo de esa conciencia, el poeta se cubre para asir lo inasible. A decir verdad, lo cotidiano teje su vigor racional, puesto que lo mirado es la ciudad, su entorno, los pequeños espacios del recuerdo, sus veredas y el bastimento humano que la conforman. Está claro que la intuición, la aliteración, la comparación, la ironía, el epíteto y, ésta, la metáfora son utilizadas en este mecanismo de la prosa y el verso. Siendo la metáfora uno de sus recursos más recurrentes. El propósito de comparar los objetos reales con lo imaginado deviene en la huida. En cambio, por la dialéctica de su poética, consigue todo lo contrario: acercarnos dado a la fragilidad de dicha metáfora. Desde esos elementos opuestos esta voz poética se afirma en lo epistemológico como en lo simbólico propiamente dicho: El destino del vacío es convertirse en quemadura. Otra vez, el dolor y lo emocional se racionaliza en esa condición del verso. Aun así, el poeta, para serlo, intelectualiza esa emoción y de ese residuo queda la palabra. Este significante, «la ciudad», se arma en mi corazón. Ya no es un objeto, sino una sensación.
    En otros momentos el poema breve sustenta a la voz al tiempo que la unifica como para someter a la forma: el libro es la voz que subvierte ese orden: Escucha soledad/y responde./¿Dios es la única cortesía? (Ibídem, p. 59): el poema breve, la sonoridad, la prosa y lo narrativo disolviéndose en el éxito de aquel ritmo. Este intento de construir diferentes voces denota el uso y la intención firme de recrear su conciencia poética. Se hace notar en el libro y dice bien del autor. Carrero no tiene otra pretensión que la escritura. Y en poesía se escribe bien o no es poesía. No acepta medias tintas ni concesiones con el lector. Dice y desdice porque lo exige la disciplina del poema. Distinguimos esas diferencias y lo hacemos con el placer de hallar una pieza comprometida con el rigor de la poesía. Así que el libro nos atrae por su prosa: Las sombras de la rabia/preguntan dónde está el tesoro/y fingen que violan a mi hermana./Todavía escucho la simulación de los violadores/y el ta-ta-ta de la pelvis y las nalgas. (…) (Ibídem, p. 34), pero también nos agregamos más adelante a su oposición rítmica: Mi corazón golpea como pupila./Vigilante transparencia de lo impenetrable. (Op. Cit., p. 42). El autor deja en claro esas diferencias estilísticas para urdir, por una parte, el ritmo y por otra el sentido. Ambos usos están significando en procura de la racionalidad del poema, tal como lo habíamos afirmado más arriba.

    La ciudad se transparenta en el sentido. En una posible sensación del amor por estar expresada en el verso.

Maracay, 25 de feb. de 21

1 Rubén Darío Carrero Otro futuro o nada. Ediciones El Taller Blanco. Colección Voz aislada. Bogotá, 2020.

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