Bifrontes: escena dilatada

juan martins

CAM00174Bifrontes, exhibida en el marco del Festival de Teatro de Occidente por las agrupaciones Acción Creativa y Tenteempie Danzateatro, es un espectáculo que se reinterpreta como danza teatro/teatro danza el cual nos coloca ante lo simbólico como la representación de los sueños y lo fantástico en el espacio escénico mediante el baile y la actuación. Dos formas expresivas componiendo la fragmentación de la realidad, o mejor, una visión de ésta, donde lo ficcional se hace real ante el espectador. El hecho fantástico requiere de esa simbolización del espacio escénico en tanto se trate a los sueños como eje narrativo de la escenificación, cuya formalidad estética se entrama, como dije, sobre los sueños de sus personajes. Los personajes construyen entonces la sintaxis del relato desde el desplazamiento, el movimiento y el gesto. Todo, en la composición sígnica de esa energía. El espacio creado deviene en abstracción. Es un hecho abstracto pero también divertido, dado el uso adecuado del humor. Conque la articulación del corto texto está en función de hilvanar ambos componentes hacia aquella estructura de lo lúdico. El público se extraña del medio actoral, del cuerpo, la voz y, sobre todo, cuando le es ajena la composición de la representación. Incluso tendrá duda de lo escenificado, se resistirá ante el hecho de aceptarlo como teatro o bien como danza. Tendrá que producir entonces su significancias. Los signos están organizados en esa disposición: luz, color y dispositivos escenográficos desarrollando su relación sobre el espacio escénico. La propuesta busca lo experimental en tanto se sostenga esa ruptura con lo convención de «ver» teatro. La mirada del espectador recrea aquella narrativa la cual está dispuesta para tal fin. El espectador compone, a pesar de sí, parte de su representación, parte del lenguaje. No lo sabrá —y de allí lo experimental—, pero su tolerancia a la representación se resistirá. Y se logra justo por el humor como mecanismo de sustentación de aquel nexo entre espacio escénico y público, donde la representación se define por la alteridad del signo. Por ejemplo, la mesa dispuesta al centro del escenario produce distintos significados: no sólo será una mesa/referente, será también portal, cuadro escénico, representación de lo urbano o de encuentro social, ampliada como significante a su vez, donde, insisto, el signo (la mesa) se hace símbolo (interpretación de distingos significados en uno). A fin de cuentas se (de)codifica lo escenificado. Los actores/bailarines, como bien trato de decir, recrean el uso de este símbolo mediante la incorporación abstracta de sus movimientos, desplazamientos y articulación de la voz a modo de constituir su representación orgánica. En ese sentido nos produjo placer. Es decir, la autenticidad del espectáculo estaba en el hecho de esos elementos de experimentación, de búsqueda y de interrogantes. De modo que el público es libre de interpretar, de aceptarlo en esa nueva codificación. Incluso, llegue a pensar que tenía la opción (no del todo definida en la representación) de ver todo o una parte. Quedarme con una parte de lo fragmentado. Y es lo que gusta cuando tenemos esa posibilidad de levantar nuevas significancias. El público aplaudió con energía y entusiasmo, otorgando calidez al esfuerzo de estas agrupaciones que bien se lo merecen. Pienso, por otra parte, que la relación orgánica de los actores/bailarines podía alcanzar mayor intensidad, subrayando el uso del espacio en un proceso de síntesis y de complejidad corporal como lo exige el discurso de la danza/teatro en su rigor. No hay nada novedoso en ello, pero lo que nos importa es el riesgo que se asume con el intento de colocar dos géneros en uno, yuxtaponiéndose diferentes códigos de lenguajes artísticos. Por consecuencia se construye la visión del espectáculo con la mirada del espectador dado al carácter simbólico, tanto del texto como de la puesta en escena.  Entendiendo que el texto viene de esa corporeidad y no de una dramaturgia convencional, es decir,  el cuerpo también define su narrativa para edificar la relación lúdica con el espectador. Y de allí la irreverencia con el orden sintáctico del relato: irrumpe con la lógica de ese público y con lo establecido por su mirada.

Quiero hacer énfasis en la importancia colocada en la energía de sus intérpretes. Si se alcanzara una mayor intensidad en la concentración de esa energía nos ofrecería un tratado aún más orgánico por parte de éstos. Tal intensidad además destaca el sentido teatral del discurso. El público disfruta porque se conecta con el divertimento y la tal intensidad permitiría «centrar» los signos en la actuación, en la interpretación. Cuando un espectáculo es ordenado en sus riesgos devuelve su pasión al espectador. Nos da sentido de pertenencia. Y este es su logro finalmente. Estamos ante una propuesta inteligente y osada que produce placer a la audiencia.

Creo necesario establecer conexión con este trabajo más adelante en el marco de mi libro El delirio del sentido —para una poética del dolor—. Me veo en la necesidad de investigar en torno a esta relación cuerpo/signo.                      

31 Festival de Occidente/Guanare,  nov. de 2013

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