Todas las piedras

juan martins

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En una oportunidad señalaba la relación entre pensamiento y religión, en tanto que lo religioso es un componente de lo subjetivo, incluso, de lo intuitivo a nivel de lo conceptual, permitiéndome decir que lo conceptual es el enlace necesario con ese pensamiento (que no es otra cosa que el nexo con el espíritu). Es, en su estructura, la unidad del pensamiento con Dios, o bien, prefiero decirlo como lector, una postura contemporánea de lo ético. Se hace presente en este reciente poemario de Alejandro Jodorowsky, Todas las piedras, editado por Ediciones Obelisco. España, 2008, constituido de quinientos poemas, en una suerte de Haïku japoneses, pero aquí se libera de la estructura métrica y del rigor con la finalidad de que la meditación (desde la noción del autor) fluya, estructure su lenguaje en esa reciprocidad con el lector. Tal inferencia en el lector se devuelve en el estado más puro de lo imaginado, de lo sentido en la esfera de lo subjetivo: lo subjetivo es una formalidad que lo hace poema, lo introduce en la literatura, pero es también encuentro orgánico con lo místico. Me construyo en ese espacio imaginado mediante la síntesis, el poema breve, como si el instante se adueñara de mi realidad.  Y lo hace. La realidad es ahora metafísica, transciende de lo material hacia el lugar de lo espiritual. Y sucede cuando desplazarnos esa forma de la emoción en el poema: la emoción se racionaliza, pero también adquiere su belleza en esa estructura como si aquel instante fuera, y lo es, la única disposición que tiene la naturaleza, el instante trasciende en lo arbitrario del signo poético. Es arbitrario para que su forma de la palabra nos organice una idea de esa, quizás, nueva realidad para el lector. Lo arbitrario no es más que la necesaria condición del discurso: lo ético, el tiempo y el pensamiento se «inmaterializa» por decirlo de alguna manera menos semántica. Es decir, adquiere un lugar en lo imaginado. La piedra no es piedra, es, en cambio -si se me permite decirlo-, una identidad con el espíritu, siempre que el espíritu acepte esas reglas de lo racional. La realidad está allí en lo «blando» de la piedra, en ese estado etéreo del mineral, así, de la vida, del amor: Mi conciencia/luciérnaga/en la oscuridad infinita. La dicotomía de la palabra, el signo como tal, transcurre en todo el poemario entre lo claro/oscuro-vida/muerte-espíritu/cuerpo… En ese desplazamiento se reitera una definición, como decía de lo ético. Acá lo ético, no es una disposición ideológica, sino un estado del conocimiento. Y como lo entiendo, el autor compone el discurso en tanto admite su disposición en la escritura. Lo ético se «dice» desde el hecho escritural, desde escritura: lo emocional, si está bien escrito, se intelectualiza y de allí la forma: la figura del aforismo es la condición del texto para alcanzar ese diálogo que se introduce en la intuición del receptor, cualquiera que sea éste el lector. Esa tradición de la lectura se sostiene, y así lo desea su autor, en el placer de ese encuentro al que arriba llamaba «orgánico». Lo es porque sostiene ese nivel de intimidad, de experiencia vivida con el otro. La otredad se da en tanto que la emoción se racionaliza. No es el sentimiento, en sí mismo, sino más bien su posición con el intelecto, con la identidad del ser y el espíritu. Y claro, visto así, no es un pensamiento estrictamente occidental (pese a su composición simbólica), más bien heterodoxo, abierto a cualquier posibilidad del conocimiento. Dios y pensamiento se reúnen en el poema:

La muerte no te ha eliminado
te ha transformado
El dolor disminuye
el amor crece

El sujeto es dios, identidad del otro siendo etéreo, espíritu. Por tanto, el pensamiento evoluciona hacia otros niveles de integridad con la belleza, la poesía como identidad del ser, a veces, la «no-existencia» como una de sus características fundamentales para definir esta modalidad del pensamiento. Y ya saben que pertenece más del pensamiento oriental que occidental: donde Dios, pensamiento y belleza (como definición de lo estético) se reúnen en el discurso, sea éste artístico o no. Acá no se presentan  fronteras.  Lo ilimitado se representa en el lector porque no se agotará hasta el poema último del libro. Esta estética de lo ético podría confundirse con un catálogo de valores, pero todo va más allá porque toma de lo simbólico lo que necesita: la alteridad del signo. El contacto directo con el otro se da por medio del lenguaje, con el poema. Ahora, la preocupación no sólo es intelectual y de escritura, lo es también de espíritu, como vengo señalando, y de encuentro sensible con el otro (el lector, el que escribe, la voz que se identifica en el poema). El yo se mueve desde una identidad que sólo encuentra sosiego en la lectura sobre la totalidad del poema. La voz se hace dentro del otro en la medida en que la emoción se introduce en su sensibilidad. No será, y lo es a la vez, el mismo. Se extiende, cambia, su estado emocional en una descripción del diálogo con lo religioso y, por consecuencia, con lo místico: Sin cáliz/no hay hostia. Más adelante dice: Mi mejor amigo/un demonio hambriento.

La derrota de la oscuridad es una constante para acceder a la sabiduría. La sabiduría, quiero decir, es la categoría que adquiere lo emocional: una vez que esa emoción se racionaliza se hace poema. En esa construcción estética el saber es una instancia de lo sensible: Sin quererlo/las tinieblas avanzan/hacia el esplendor de la belleza. Y para que exista un proceso de construcción también se da su contrario: la desconstrucción, síntesis de singo y alteridad del lenguaje a modo de edificar su unidad poética, el diálogo se dará en la medida que existan sus contrarios en el texto que se mueve aquí (como en cualquier forma de lenguaje simbólico) con el ritmo necesario de esa poética. Y con ello la atmósfera del poema se da en sitio de lo imaginado. Todo se (des)construye en la imaginación del lector: En pleno caos/aspiras la exactitud. Siempre será en él una opción, un libre albedrío. Con la misma libertad con la que fue escrito. Y como es un acto de libertad cada quien seleccionará esa relación con lo místico. Así que saneará su sensibilidad si así quiere. También podrá rechazar esta postura de lo ético. Y dejar de un lado el libro, pero, como quiera que sea, el encuentro está dado inexorablemente sobre el goce de la escritura y, mejor, de la lectura.

Esa santidad como actitud ante el otro podrá entenderse de esos poemas místicos, pero también (y es su mejor argumento para la escritura) del nivel discursivo de esta poesía: Los andrajos del mendigo/revelan la danza del viento. La realidad esta venida por lo intuitivo, pero aquello que encontrarnos de azar en ella no es más que la realidad misma en otra parte del universo. Como si respondieran a una ley que sólo el autor conociera. Pero ese azar es parte de la vida, de la condición de la realidad. En la mirada hacia el otro nos vemos soñando y que, al mismo tiempo, el otro nos sueña. El yo se hace en nosotros, vivenciamos no otro lugar de la realidad, sino la realidad misma: hecha de sueños y no de este caos que damos por nombre «vida real». Al contrario, son los sueños lo que se nos hace real. Si estamos pasando por una anécdota que nos parece curiosa, extraña, tenemos que entender entonces que la sensibilidad del poema se nos está describiendo. Y nos introduce en ese convenio con el alma. De allí lo religioso como ejercicio estético porque la muerte es la forma vital del organismo.

Fotografía: del libro Todas las piedras. Ediciones Obelisco

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Acerca de Juan Martins

Dramaturgo. Escritor. Crítico Teatral con trayectoria internacional. Editor. Destacado con varios premios. (Ver más en la sección «Editor» de este blog). Se ha distinguido como crítico en diferentes festivales latinoamericanos de teatro (Brasil, Ecuador y Argentina). Conduce la revista de crítica literaria y teoría teatral «Teatralidad». Ha recibido el premio «Mejor dirección» con el espectáculo «Mariana» de José Ramón Fernández e interpretado por la actriz Mirla Campos en el III Festival Internacional de Teatro Clásico Adaptado 2012. Argentina. «Él es Vila-Matas, no soy Bartleby», «El delirio del sentido, desde un poética del dolor y otros ensayos» y «Novelas son nombres, ensayos inexactos» son sus más reciente libros de ensayos publicado en «Ediciones Estival», Venezuela. Con la misma tiene en imprenta su otro libro de ensayo «De qué hablo cuando hablo de Murakami» (2016).
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