Decadence

Juan Martins

Decadence, la vie en rose de Steven Berkoff, dirigida y versionada por Orlando Arocha para la agrupación «Circuito de Arte Cénica (Teatro Multimedia)/La Caja Teatro» se nos muestra como una alternativa en el teatro de comedia. Es decir, es un ejercicio teatral que va a medio camino entre el teatro de arte (o teatro duro) y el comercial. Por ello he dicho en otras ocasiones que el teatro además de entretenimiento es una experiencia estética. Y como tal asume su director este discurso: en el interior de este espectáculo se desarrolla el sentido que registra esos niveles de exigencia sobre la puesta en escena la cual pretende, en su estructura, la síntesis actoral como eje semántico y de expresión del texto dramático. Aquí es donde se encuentra el éxito de su director: en la selección de un texto cuyo ritmo se impone en la estructura de los diálogos, en el que el lenguaje conduce aquella forma de la comedia como un medio de enlace entre el espectador y la representación. La comicidad del espectáculo se da en las condiciones de aquel texto que se caracteriza por su relación lúdica con los personajes. Estos personajes de alguna manera identifican, en el contexto del público, una cotidianidad de la vida urbana en las ciudades a partir de una visión crítica de la sociedad burguesa (o de una clase media ahora indefinida pero de igual «estúpida», como así quiere describirla su autor). Así que el lugar escatológico del lenguaje introduce la formalidad que centra al espectador en la vida de estos, sus querellas, sus placeres y, por consecuencia, queda definido el comportamientos social de aquellos, los personajes. Pero entendamos que el autor lo hace desde un propósito crítico y de denuncia: una interpretación de los valores burgueses y la pérdida de sensibilidad de los hombres y mujeres de las sociedades «capitalistas» que subrayan el consumo como única forma de vida. Y en este lugar del discurso el autor quiere ser contundente: el amor y el sexo en tanto valores de cambio y no como formas sensibles del ser humano. De allí el protagonismo de los personajes en el espacio escénico: un diván que gira sobre sí mismo como si estos personajes fueran expresiones autómatas de aquellos valores: una mercancía. Y como mercancía sólo importa lo que reproducen dentro de una escala de consumo y violencia.

La relación Mujer-Hombre se establece por el predominio de la violencia, el pecado, la hipocresía y el engaño como mecanismos, aun, de supervivencia. Una derrota final de la vida y la esperanza. A ese movimiento interno del texto es al que me refiero. Y una denuncia con estas características debe hacerse de modo teatral. Su teatralidad se impone desde el ritmo en la estructura del texto dramático. Orlando Arocha lo sabe y conduce su espectáculo desde esa visión, otorgándole al espacio escénico su objetivo como comedia. La gracia, el humor, incluso, la risa se sostienen a lo largo de la obra.
Desde esta perspectiva el actor Ricardo Nortier en representación de «Steve» y «Les» sostiene con oficio los niveles que exige tales condiciones del texto. Y no es una tarea sencilla, debe hacerlo en la constancia de una obra que impone la celeridad del desplazamiento y la comicidad del lenguaje. Lo cuida mediante la expresión de la voz, el movimiento del cuerpo y la gracia del rostro que le permite captar del público la naturaleza de sus personajes. Hay un aspecto ideosincrático que maneja este actor sobre su personaje el cual nos hace creíble su condición crítica a la que representa: un personajes despreciables cuyo único interés es triunfar sobre la mujer como objeto de consumo. Con ello, los espectadores disfrutamos de su interpretación que es, a su vez, una línea discursiva de su director: acentuar el perfil de los personajes mediante el uso adecuado del recurso actoral: la voz y el movimiento. Pienso que el «carácter» amanerado del personaje no queda, a mi criterio, bien delimitado en el discurso de la obra. Por momentos nos confunde. Estoy seguro que su director sabrá -sí así lo considera- reducir estos límites a una expresión más elaborada. De modo que someta al personaje a su máxima expresión. Son personajes (en el proceso diferenciado) violentos y víctimas de la sociedad de consumo y, para nada, desdibujados. Al contrario, están allí presentes denunciando la depresión del ser humano. Nada optimista. El sustrato que utiliza Arocha es éste. Lo sabe y seduce al espectador. Conoce su oficio, pero estoy seguro que puede extremar, como lo exige el texto, esas condiciones. Por otra parte ha sido un placer encontrarme con esa experiencia (entiéndase como ejercicio teatral de alto perfil y riesgo). Es un autor que descubrimos en el rigor de este director. Insisto en que allí está su mérito,

Marialejandra Martín en su rol de «Sibil» y «Helen» respectivamente sostiene la exigencia profesional que le demanda Ricardo Nortier, técnicamente elaborada. Pero encontramos también algunos límites en su trabajo. Considero que las transiciones de sus personajes pudieron alcanzar una mayor expresión en un tratamiento más orgánico y menos técnico con el objeto de que pudiéramos diferenciar entre un personaje y otro (sentirlos a un mayor nivel orgánico: «extremar los sentidos», su sensualidad). Es necesario aclarar entonces que esto es un aspecto teórico que me exige el análisis por aquellas condiciones del texto que se propone. No es una comedia clásica. Al contrario, la densidad del drama está en el lugar psicológico de sus personajes: drama, intensidad, sensualidad y, finalmente, la alteridad que exige esta dualidad de un personaje dentro del otro. De una realidad que se dibuja sobre la otra para alcanzar una poética que introduce al espectador en esos niveles subjetivos de la interpretación. Y la puesta en escena nos permite esa lectura. Además encontraríamos nuevas posibilidades expresivas en esta actriz. Por su parte (nadie lo dudaría), se conecta con el público y desde allí construye su nivel actoral y funciona en la representación: suficiente para el objetivo de la obra: la comedia como formalidad del lenguaje teatral.
Expliquemos un poco a modo de aporte teórico: la actriz conduce sus movimientos, el ritmo y el desplazamiento sobre un buen nivel profesional, pero creo que hubiera sido una máxima de esta propuesta si la actriz nos diera una representación más orgánica, en la que los matices y cambios de voz nos diera una estructura menos técnica. De modo que se desprendiera (sí así lo quiere) de las técnicas más bien usadas en el teatro comercial. Pero aclaremos una vez más: éste uso técnico es parte, entre otros, de los objetivos de la puesta en escena. Quizás decir esto no vaya más allá del aporte, sin embargo, nos gustaría ver en el registro de esta actriz que se nos presenta con pasión y muy emotiva sobre el escenario. Y, ¡atención!, hay poco de estas actrices y actores. Es refrescante encontrarse con esa pasión por las tablas. Lo que nos permite decir que esta propuesta es una alternativa que se arriesga. Nos dice desde su discurso con el que el espectador espera entretenerse mediante el dominio del oficio de quien lo ejerce.

fuente de la fotografía: analitica.com

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