El pez en la espalda

Juan Martins

Elsy Cristina Loyo, representado a «Ella»Es un estimulo conocer este nuevo estreno de Armando Holzer en Venezuela. Me refiero al espectáculo «Ella imagina», basado en el texto homónimo de Juan José Millás (Alfaguara, 1994), preparado para la agrupación teatral «Coordinación» de San Felipe, puesto que me encuentro con un espectáculo que se sitúa fuera del stablismenth. Desde la «provincia». Con una relación estética coherente y apegada al oficio teatral, mediante la elaboración actoral. La actriz Elsy Cristina Loyo en representación de «Ella» para este monólogo construye una complejidad sígnica sobre la puesta en escena. Es decir, el lenguaje de esa puesta en escena se sostiene alienado a la representación actoral. Así que la representación va hilvanando, sobre un mismo eje escenográfico, una estructura narrativa que lo hace en sí mismo un compromiso estético: un relato el cual nos mantuvo durante una hora y cincuenta minutos atentos a la tensión emotiva que se produce. Esto quiere decir que la «sintaxis del relato teatral» se define desde un material literario. Expliquemos un poco, si me lo permiten, qué significa esto para el espectáculo: no es una tarea fácil para su público sostenerse en una historia que deviene de la narrativa. Sin embargo esa formalidad literaria adquiere sentido teatral al tiempo que la representación encuentra sus niveles de teatralidad: el tono de la voz, el uso del rostro, la movilidad corporal sujeta al pequeño desplazamiento, a la síntesis expresiva. Es cuando la representación se centra sobre aquél único eje escenográfico: una cama que es a su vez la proyección de una caja, en la que entran y salen los elementos de su representación: la cama será, sobre un eje semántico, caja, bañera, escaparate, lo cual a su vez denota infinito, apertura, vida y finalmente lugar de recuerdos. Lo que hace de este dispositivo escenográfico una unidad sígnica de la representación: caja/recuerdo/rendija. Y la actriz (de)codifica el signo, buscando la alteridad de este mediante su personaje. Connota y denota sobre sus diferentes realidades. Construye la metáfora. Pero lo hace desde la propia realidad del texto narrativo que adquiere aquella alteridad del lenguaje sobre otro eje semántico: la cama como representación de la memoria.

Los recuerdos del personaje son un estímulo para las emociones del espectador. De allí la síntesis del espacio escénico. Todo está reducido a aquel eje semántico de la cama. Por ejemplo, la iluminación es sencilla, hecha, incluso, con implementos domésticos, pero que argumentan un discurso coherente en la estructura del espacio escénico: objeto teatral-signo-significación. Todo dispuesto muy cerca del público. Allí la actriz dispone del texto y de lo narrado a un nivel de complicidad sobre sus emociones. Y aquí quiero destacar un aspecto fundamental de la actuación: el tono de la voz como signo en sí, elemento de expresión el cual registra la relación emotiva entre el personaje y el público: el personaje se nos va haciendo sobre los sentimientos, sobre sus vivencias y sobre el sentido que tiene del amor en un nivel subjetivo. Dentro y fuera, allá y aquí: allí se da la alteridad, en la contradicción de esas dos realidades. El recuerdo se condiciona como parte del temple del espectáculo. Siendo así, también formamos parte de esos sentimientos. Quedamos descubiertos en el relato mediante el uso del espacio escénico que le otorga Elsy Cristina Loyo.

La emoción toma corporeidad en la escena. Sabemos que esta es la responsabilidad e todo buen actor/actriz que se pretenda en el oficio. Pero me permito subrayar las condiciones de un texto cuyo relato se nos impone con aquella actuación que se edifica desde lo orgánico: todos los signos devienen en el cuerpo. Aun encontramos una carga semántica cuando nos vemos incitados por los sentidos: el relato se nos hace piel, muy cerca del cuerpo del espectador cuando la actriz se baña tan cerca que su humedad crea sensaciones menos o más voluptuosas. También se nos hace táctil en un alto nivel de sensualidad: el cuerpo de la actriz nos mira. En ese mismo momento —sobre un juego de contrarios— es usado un pescado real cuyo olor se impone en la atmósfera del espectáculo. Estamos entonces ante un uso correcto del signo contenido en el espacio teatral. La música, junto con la iluminación, va a complementar esa estructura poética que se nos devuelve, a los ojos del espectador, alteridad: el otro —el personaje—, soy yo comprendido en el relato. La emoción tendrá la responsabilidad de esa relación público-actriz. El uso adecuado de las emociones construye ese lenguaje sobrio.

El público podrá estar en la libertad de rechazar una extensión de una hora y cincuenta minutos con la misma libertad con la que se lee un relato. Allí tiene la opción y Armando Holzer no niega esa posibilidad. La puesta en escena hace invitación abierta a introducirte en las emociones del personaje, cuando éste le pregunta al público: «¿todavía están allí?», el proceso queda abierto y alienado a la metáfora de la propuesta. Estoy seguro que este ensayo general, el cual se identificó como un estreno en la ciudad de San Felipe, le permitirá a esta actriz encontrar la síntesis del espectáculo, el uso del tono de acuerdo al ritmo que se ajustará a su vez al dominio del relato teatral, otorgándole al espectáculo sus mejores lugares de significación. Por ello pienso que suprimir diez minutos a la obra le conferirá esa unidad que surge de la disciplina de tener una función detrás de la otra. Será la actriz quien encontrará la necesidad o no de reducir su extensión narrativa. Esa necesidad partirá de un hecho orgánico de la actuación. Dado que la actriz, y sólo ella, es quien sustituye los cambios del ritmo o el entorno de la puesta en escena. Digo esto porque este es un trabajo «procesual» (si se me permite el término): la actriz dialoga con el director el cual compone con lo que ya le trae la actriz que es su poética y su condición estética. Armando Holzer ha tenido la responsabilidad de conceptualizar esta experiencia que, además de teatral, es también estética.

Elsy Cristina Loyo constituye su poética antes que el (pre)juicio estético de una dilección convencional, permitiéndose crecer artísticamente con el espectáculo en la mesura del proceso que será la continuidad sistemática de las funciones por venir. Y para una comprensión mayor de la actriz se requiere discernir en torno a lo que podrá ser ese proceso. Es así porque lo demuestran las condiciones interpretativas del texto. La actriz hace una «interpretación semiológica» cuando (de)codifica en emoción la estructura de su personaje. Es por esta razón que la obra se verá constituida en el público.

Estamos seguros que es una producción exitosa de Lusvio Rodríguez y del equipo de la agrupación teatral «Coordinación». Con ello, nos alegramos al saber que parte del buen teatro venezolano no sólo se encuentra en las salas tradicionales de Caracas: algo está aconteciendo desde el otro lado del país. Quizás constituyéndose una poética que surgirá como condición estética de un discurso alterno. De ser así —queda mucho por registrar—, estamos anunciando una estética que no tiene porque ser nueva, sino honesta en su lenguaje y, como estamos hablando de teatro, sí en nuevas formas de organización a objeto de que puedan surgir, sobre un nivel mayor del oficio, una poética del teatro venezolano cuya formalidad florece de otros encuentros como éste. Habrá que irrumpir ante el stablismenth. Y eso incluye nuestra relación con el estado.

San Felipe, 22 de diciembre de 2007

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Acerca de Juan Martins

Dramaturgo. Escritor. Crítico Teatral con trayectoria internacional. Editor. Destacado con varios premios. (Ver más en la sección «Editor» de este blog). Se ha distinguido como crítico en diferentes festivales latinoamericanos de teatro (Brasil, Ecuador y Argentina). Conduce la revista de crítica literaria y teoría teatral «Teatralidad». Ha recibido el premio «Mejor dirección» con el espectáculo «Mariana» de José Ramón Fernández e interpretado por la actriz Mirla Campos en el III Festival Internacional de Teatro Clásico Adaptado 2012. Argentina. «Él es Vila-Matas, no soy Bartleby», «El delirio del sentido, desde un poética del dolor y otros ensayos» y «Novelas son nombres, ensayos inexactos» son sus más reciente libros de ensayos publicado en «Ediciones Estival», Venezuela. Con la misma tiene en imprenta su otro libro de ensayo «De qué hablo cuando hablo de Murakami» (2016).
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