Ética vs. poder

 

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Víctor Vegas

 

¿Cuáles son los efectos del poder sobre la ética? ¿Puede llegar a doblegarla? ¿Hubo alguna vez ética donde el poder ha calado tan hondo, hasta los tuétanos, como quien dice, donde ha echado raíces tan profundas? ¿Qué tan ético es en realidad el poder?

Las anteriores son algunas de las preguntas que me hice luego de ver, en su primera temporada, el montaje que de la pieza de Antonio Álamo, Yo, Satán, realizara en noviembre pasado la gente del Centro de Creación Artística TET y del Teatro del Contrajuego.

Sin duda un espectáculo de gran calidad, con una dirección sobria, donde los detalles fueron rigurosamente cuidados (sobre todo iluminación, escenografía y vestuario); a la vez complejo y minimalista: complejo gracias al texto y minimalista por la puesta en escena. Una combinación no muy común pero que aquí ha funcionado a la perfección, que engancha al espectador y termina por impactarlo.

¿Qué sucedería si el Papa comienza a dar muestras de una crisis de fe? ¿Qué decisiones tomarían sus más cercanos colaboradores, tanto aquellos que lo quieren, que le son fieles, como aquellos que aspiran a ocupar su lugar? De aquí parte Álamo para tejer, con puntadas de maestro, un “thriller teológico (o una comedia vaticana)”, que para mí no es más que una comedia negra, inteligente, cargada de exquisitas ironías… en fin, una pieza muy bien escrita. El tema central de Yo, Satán es el poder y sus alrededores. Y Álamo ha escogido uno de los símbolos más antiguos y aceptados de poder para desarrollar su historia: el Vaticano. Pero igual pudo ser el Palacio de la Moncloa, la Casa Blanca, el Palacio de Miraflores o el edificio-casa matriz de cualquier corporación trasnacional. Esos centros donde quien no aprenda a adular, a someterse al poder, a corromperse, a nadar como el mejor entre intrigas y conspiraciones, pocas opciones tiene de supervivencia. Y será aún peor si ese alguien alberga ambiciones, deseos de ascender y rodearse también de aduladores (y de enemigos, por supuesto).

El personaje principal, Gaspar Olivares, fraile y exorcista de la Orden de los Predicadores, sin ningún tipo de experiencia en los tejemanejes del poder, residente de los eslabones más bajos de la pirámide jerárquica eclesiástica, de pronto se ve involucrado en una conspiración de repercusiones dantescas en el Vaticano. Salir de ella lo mejor parado posible será su vía crucis particular. A propósito, las conversaciones de Gaspar Olivares con el Santo Padre no tienen desperdicio, son una absoluta delicia, de ellas se desprenden ácidas reflexiones cargadas de no menos ácidas verdades. Quizá sean los momentos más inteligentes e hilarantes de la pieza.

Con su obra, Álamo pareciera haber perforado una de las paredes de los muchos bunker que el poder se ha edificado a lo largo y ancho del planeta. A través de esa abertura podemos fisgonear la cotidianidad de los poderosos, lo corrosivo de sus ambiciones y hasta dónde están dispuesto a llegar para conseguir sus objetivos. Lo irónico es que casi siempre, desde esas mismas instancias de poder, atravesadas por la descomposición, por innumerables corruptelas, se nos pretenda imponer paradigmas de comportamiento, de valores morales, en fin, de ética. Con el mayor cinismos, ciertos jerarcas se atreven a dictar cátedras de ética a sus seguidores sin reparar en sus propios comportamientos, o de las instituciones que representan, que van a contra corriente de lo que exponen en sus discursos.

Pero desde hace tiempo el cinismo anda desbocado por el mundo.

Ayer por la tarde volví a ver, en su segunda temporada, el Yo, Satán de Álamo en montaje del TET y Contrajuego. El elenco tuvo dos variantes: Alexander Leterni sustituye a Markel Méndez en el papel de Gaspar Olivares y Maiker Flores reemplaza a William Goite en la interpretación del pintoresco Arzobispo de Lusaka, Emmanuel Malama. El resto del elenco continúa siendo el mismo: Omar Gonzalo como el Papa; Guillermo Díaz Yuma como Cardenal Joseph Hacker; Ludwig Pineda como Cardenal Giusseppe Chiaramonti, Israel Moreno como Monseñor Luciano Vanini y Jesús Sosa como Monseñor Luigi Bruno. Todas las actuaciones son de primer nivel (por cuestiones de gusto, yo me quedo con el elenco de la primera temporada), sin embargo, me gustaría destacar la irreverente interpretación que del Santo Padre hace Omar Gonzalo, una delicia visual y auditiva. La escenografía y vestuario corren por cuenta de Orlando Arocha. Todos bajo la dirección de Juan José Martín.

 

Para acrecentar la ironía, Yo, Satán se presenta en el Teatro Luis Peraza (Av. Universitaria, Valle Abajo), cuya sala se encuentra justo debajo de la Iglesia San Pedro. No podía ser de otra manera. Allí estará hasta el 2 de septiembre. Funciones viernes y sábado a las 7:00 pm y Domingos a las 6:00 pm. Telf: 662.36.33.

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Acerca de Juan Martins

Dramaturgo. Escritor. Crítico Teatral con trayectoria internacional. Editor. Destacado con varios premios. (Ver más en la sección «Editor» de este blog). Se ha distinguido como crítico en diferentes festivales latinoamericanos de teatro (Brasil, Ecuador y Argentina). Conduce la revista de crítica literaria y teoría teatral «Teatralidad». Ha recibido el premio «Mejor dirección» con el espectáculo «Mariana» de José Ramón Fernández e interpretado por la actriz Mirla Campos en el III Festival Internacional de Teatro Clásico Adaptado 2012. Argentina. «Él es Vila-Matas, no soy Bartleby», «El delirio del sentido, desde un poética del dolor y otros ensayos» y «Novelas son nombres, ensayos inexactos» son sus más reciente libros de ensayos publicado en «Ediciones Estival», Venezuela. Con la misma tiene en imprenta su otro libro de ensayo «De qué hablo cuando hablo de Murakami» (2016).
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