La polémica Spregelburd-Gambaro en Revista Ñ

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Crítica teatral, en pro del balance ha querido aquí crear un espacio para el alto perfil del debate teórico


José Luis Arce
joluarce@yahoo.com.ar

Desacralizando la ‘importancia’ no resulta futilidad, sino más libertad de los lenguajes en este caso. Entiendo que Spregelburd se sorprenda de que un reparo a su posición venga justamente de Gambaro. El ‘teatro joven’ de hoy como ‘nuevo teatro’ sigue la misma lógica que llevó a Gambaro a surgir en su momento como ‘vanguardia dramatúrgica’. Spregelburd sutilmente le pide que no se tire contra esa lógica, de la que provienen ambos. En este sentido acuerdo con que es una pseudo-polémica, porque la verdadera confrontación (también plagada de prejuicios y malentendidos) es con los realistas-costumbristas y nunca llevada a cabo realmente porque sólo se pelea no por el Yo, sino por sus aditamentos divinos. Hay otras implicancias más importantes de la nota de ‘Ñ’: las ‘citas’ no responden a contextos cuando las tomo para pensar (nunca están ‘fuera’), pues estos nunca reclaman de manera directa a lo ético sino que quedan condicionados a ‘lo que deseo decir’. Nadie garantiza este control de autorías en nombre de la verdad. El ‘yo quiero decir’ sobre ‘recortes’ de otros dichos, no conduce a un maquiavelismo en el manejo de datos sino a asumir el shopping auto-service de frases ya elaboradas en el que vivimos, que uno toma en un universo escriturario que ya no está atendido por su propio dueño. Aquí, que Spregelburd se ofenda es un poco mimoso de su parte. Cuando al atardecer, miro en el mar la geometría fugitiva de la infinita escritura de pequeñas olas centelleantes, que se hacen sombras inmediatamente, no me permiten asegurar que por el simple reflejo irrepetible yo conozca el mar, lo que sé es que su refulgir y aletear inconmensurables, me lo hacen revivir a mis ojos, incluso como una suma oscilante de mis golpes de visión. Uno samplea y edita sin pagar derechos, todo el tiempo en el mar cultural, y está legalizado por la sublimidad del espacio de enunciación. En el país de Borges, acostumbrados a la fuente falsa o al entrecomillado tirano, lúdicamente, sin falsas inocencias, no da para el escándalo del ‘¿por qué te metés conmigo si yo…?’, aunque el convenir rápido, dentro de territorios de una común pertenencia, pese a lo difuso y precisable de las coincidencias actuales, los borrosos acuerdos y mutuos respetos, son para disimular discordias más profundas entre unos y otros y que como izquierda-derecha, viejo-joven, hombre-mujer, moderno-posmoderno, totalistas-fragmentistas, se liberan al devenir como signos culturales que agencian su legitimidad, en el acto de fuerza que acredita todo aquello de lo que nos creemos merecedores, como si viniera ya ganado de antemano. En la era de la diversidad, ejercer diferencias reales puede tener costos condenatorios severos, y uno puede cuidarse de hacerlo o hacerlo estratégicamente. Puedo cuestionar estrategias, que es distinto a futilizar a Spregelburd. Ese acto ideológico es autoritario. Y como el progresismo argentino ha sido siempre así, hoy se acepta ser diverso, pero hay que dialogar y el diálogo que impone este sistema es el de la complacencia y la blandura. Las guerras ahora son de baja intensidad. Que al tener el cuarto de hora que el sistema pueda otorgarnos, y nos convierta en ‘nacidos para matar’ o en intocables, es otra historia. Tampoco comparto el vicio cultural, donde la generalización no disculpa a la excepción. Si bien Gambaro se equivoca al plantear esta especie de diferencia por encargo, o por lo menos nada inocente al seguir el código de publicación, tomados de unos informales comentarios de Spregelburd que no están enmarcados en un ensayo o ejercicio ideológico específico, no entiendo que deban maniatarla hasta ofender al otro por dar su idea que excede sin duda lo generacional, mucho menos hacerla aparecer como una actitud admonitora o sacerdotal, equivocada de circunstancia, represora y paternalista, por lo que creo que mejor sería salir de la comodidad de los respetos bien ganados u otorgados. Yo a la gente que me respeta por alguna supuesta autoridad que me adjudica, la considero de ética fácil. Aquí, aunque más no sea como ejercicio experimental, porque estas cosas también requieren su laboratorio, deberíamos preguntarnos: en cuanto las legitimidades son ganadas, ¿cuánto duran? ¿O la nueva frontera que supuso la dramaturgia-bisagra de toda la otredad teatral de este país como fue (es) ‘El Campo’, ya ha prescripto?

A lo que me refiero es si a tan significativa autora (sobretodo la de su etapa ‘vanguardista’ convengamos), ¿también le toca el sacrilegio de envejecer? ¿Shakespeare lo hace? (Está visto que Willie sigue siendo un pibe). Por decirlo baudrillerianamente, si este debate no está teniendo lugar, es por todo lo que está escamoteado en realidad. Respecto al estatuto que impone una mirada de género y que Spregelburd cuestiona por obturar otras miradas posibles, como ‘mirada generista’, en ese caso el autor de la heptalogía haría legítimo resaltar también la ‘mirada generacionalista’ como digna ocupante de la misma casilla. Ésta, en él parece funcionar más bien como ‘fatalismo etario’ que empezaría en el prejuicio alimentado de ideologismos pertinaces, provenientes de los carcamales autores que prefieren una posición reaccionaria y patea-tableros antes que aceptar la proliferación de nuevas tendencias en el campo de la escritura y la dramaturgia argentina, y que traerían aparejado un efecto de desplace y relevo de sus posiciones. Que sea una riña de poder como tantas, no difumina el cómo cuesta entregarlo. Los territorios culturales igual que los geopolíticos, en este país, se feudalizan de la misma forma, para eternizarse en ellos. Así como ‘ser joven’ o ejercer una ideología joven, no entra en la lógica del fatalismo biológico, también están los peligros de época a través de la adolescentización cultural que plantea Finkielkraut en ‘La derrota del pensamiento’ o la nobleza de una decisión cuasi política por exceder los calendarios. ¿Kantor no entregó al mundo sus mejores obras ya de viejo? En todo caso y al fin de cuentas, decir por ejemplo que ‘el autor ha muerto’ después de Mallarmé o las vanguardias, o Foucault o Barthes, tiene visos revulsivos que un autor estatutario de Argentores no se mostrará proclive a aceptar. Esto revela que los patrones generacionales o esta antojadiza petición de principio que hace la metodología histórica que periodiza por décadas, como asegurando apriorísticamente desde diferencias probables, perfiles identitarios arbitrariamente supuestos, es muy relativa. No creo que hartos de estar hartos de la nostalgia setentista, o de la solemne importancia ochentista, sea desubicado reivindicar en el ‘presentismo desmemoriado’ de la hora, una forma oximorónica activa de a-politicismo revolucionario, incomprendido aunque mimado y con valor político por contraste. Tampoco esta batalla tiene lugar, porque librarla desde las distinciones, digno objeto de universidades extranjeras frente a otros de come-mierdas destinales a los que les cabe sólo el orillerismo teatral de la periferia nacional (por algo será), no justifican el atraso en nombre de ninguna geocultura perversa, de ninguna ideología regurgitada culposamente, ni en nombre de la madre, la pobreza, la no-pertenencia y demás.

Lo ético sería que debamos bancárnosla de manera proporcional a los espacios que se ocupan y a los emplazamientos de emisión elegidos, sin el pasaporte de una ‘ideología joven’ que se instale como una prerrogativa a la decadencia biológica o por contrapartida una ‘ideología adulta’ que se instala en la irreprochabilidad de la estatua. Esto supondría una doble y maniquea conspiración: la del joven sospechoso de estar aliado a las fuentes legitimadoras del nuevo poder (cercano al neo-liberalismo o a lo políticamente correcto), frente a una entente geriátrica que lo hace desde adentro y se almuerza con chicuelos escénicos, becarios de Antorchas y prematuros ganadores del Konex, (otra que shock-art). En el medio, una dependencia llamativa, la de los condenados a una edad amoldable y servicial.

Fuente: tomado del Foro del Celcit/25 de mayo

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Acerca de Juan Martins

Dramaturgo. Escritor. Crítico Teatral con trayectoria internacional. Editor. Destacado con varios premios. (Ver más en la sección «Editor» de este blog). Se ha distinguido como crítico en diferentes festivales latinoamericanos de teatro (Brasil, Ecuador y Argentina). Conduce la revista de crítica literaria y teoría teatral «Teatralidad». Ha recibido el premio «Mejor dirección» con el espectáculo «Mariana» de José Ramón Fernández e interpretado por la actriz Mirla Campos en el III Festival Internacional de Teatro Clásico Adaptado 2012. Argentina. «Él es Vila-Matas, no soy Bartleby», «El delirio del sentido, desde un poética del dolor y otros ensayos» y «Novelas son nombres, ensayos inexactos» son sus más reciente libros de ensayos publicado en «Ediciones Estival», Venezuela. Con la misma tiene en imprenta su otro libro de ensayo «De qué hablo cuando hablo de Murakami» (2016).
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