La importancia de llamarse teatro

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En una entrevista con Ñ, el dramaturgo Rafael Spregelburd reflexionó sobre el teatro de su generación, la de la posdictadura, y minimizó el imperativo, propio de los 80, de “decir lo importante”. Con ánimo de polémica, Griselda Gambaro contestó que “ningún gran autor ha dejado de hacerlo”. Aquí, Spregelburd defiende lo ideológico de su obra y condena por banal al teatro “que sólo adhiera a ‘lo importante’ sin cuestionar qué es”. Además, la opinión del crítico Jorge Dubatti.(*)


RAFAEL SPREGELBURD .
cultural@clarin.com

Hace un par de semanas Alejandra R. Ballester me hizo una nota en Ñ. Encuentro una respuesta de Griselda Gambaro, enmarcada en una sección titulada “Polémica”. Me parece que no hay tal polémica. Claro que no estoy de acuerdo con lo que dice Gambaro (citando mal y entrecomillando equivocadamente una entrevista editada). Cuando afirmo que “nuestra generación ha logrado recuperar una situación gozosa del teatro, liberado del imperativo de ‘decir lo importante’ de los 80” la periodista agrega algo fundamental, que Gambaro decide pasar por alto: “un teatro que propone un encuentro festivo, pero de una enorme responsabilidad con el presente”.Que es, me parece, lo que ella reclama.Hay un mar de fondo que no es nuevo. Cuando nos referimos a “lo importante”, la pregunta básica es quién es el que determina qué es lo importante, y por lo tanto, cuál es el deber de los artistas dentro de un panorama dominado políticamente por “lo importante como acuerdo comu nitario”, cuando esto es definido por el sentido común, un sentido que, creo yo, anula precisamente “los sentidos”. Un sentido que es justamente el que el teatro verdaderamente comprometido pretende desenmascarar y evidenciar como una construcción del discurso del poder, que es por lo menos cuestionable.

Todo teatro que no se comprometa con el presente producirá banalidad. Pero también todo aquel teatro que sólo adhiera a “lo importante” sin cuestionar qué es. Las miradas que ofrece el arte están fuera del sentido común y de sus trampas de percepción, reguladas por la repetición, el acostumbramiento, el tedio. Ahora parece que es “importante”, por ejemplo, hablar de las cuestiones de género. Es súper importante. Tanto lo es, que el sentido común nos dice que el mundo se divide en hombres y mujeres. Pero ésta es una afirmación recortada de contexto. Así expresada, no es verdadera ni falsa. O sí: más correcto (más “importante”, al menos para mí) sería afirmar que el mundo está dividido en “clases sociales”, pero ésa no parece ser una observación importante, a juzgar por el espacio del tema en el sentido común. Si los crímenes de los countries, tan de moda, ocurrieran en familias cartoneras, bien distintas serían las consideraciones de género. Yo acabo de estrenar Acassuso, por ejemplo, y veo que surgen análisis de “género” sobre la obra: hay una periodista incluso que habla indignada, traumatizada, en un suplemento femenino, del horrendo papel al que quedan relegadas las mujeres en Acassuso (donde hay muchas maestras). En vez de pensar el conflicto de la obra en términos de lucha de clases, que es algo que bien podría hacerse, esta periodista decide que “lo importante” allí es la lucha de géneros. No ve que los hombres en esta obra cumplen un papel mucho más triste que esas mujeres. Su determinación a priori de lo importante, que es totalmente sensata en otro contexto, en éste le impide ver que eso, allí, tiene una importancia un poco relativa. La periodista se ofende con la risa del público, al que prácticamente acusa de idiota o fascista, y no dice que a lo mejor lo que pasa es que la obra es sencillamente desopilante y amoral. Los conflictos de esas maestras no surgen sólo de su condición de mujeres, sino sobre todo, de su tremenda marginalidad. Pero una mirada “de género”, si bien sensata, obturaría otras miradas, incluso las profundamente importantes: que el mundo está dividido en clases, por ejemplo. Y ésta no es más que una afirmación importante que a su vez impide otras, y así sucesivamente. La ficción lo tergiversa todo justamente para poder volver a analizar el mundo, desprendidos del discurso retórico de lo sensato, y ver aquello que no se veía con claridad con los ojos responsables de la moral. ¡Delatar estas apariencias no implica una actitud frívola! Yo más bien pienso, y seguro Griselda estará de acuerdo, que más frívolo es el teatro que parasita los “temas de gravedad” y logra en el mejor de los casos tristes remedos que escenifican lo solemne. Un teatro enormemente aburrido, porque predica sobre el converso. … (más)

Fuente: Diario El Clarín/Revista Ñ

(*)Publicada en nuestro blog, cuya fuente es la misma

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Acerca de Juan Martins

Dramaturgo. Escritor. Crítico Teatral con trayectoria internacional. Editor. Destacado con varios premios. (Ver más en la sección «Editor» de este blog). Se ha distinguido como crítico en diferentes festivales latinoamericanos de teatro (Brasil, Ecuador y Argentina). Conduce la revista de crítica literaria y teoría teatral «Teatralidad». Ha recibido el premio «Mejor dirección» con el espectáculo «Mariana» de José Ramón Fernández e interpretado por la actriz Mirla Campos en el III Festival Internacional de Teatro Clásico Adaptado 2012. Argentina. «Él es Vila-Matas, no soy Bartleby», «El delirio del sentido, desde un poética del dolor y otros ensayos» y «Novelas son nombres, ensayos inexactos» son sus más reciente libros de ensayos publicado en «Ediciones Estival», Venezuela. Con la misma tiene en imprenta su otro libro de ensayo «De qué hablo cuando hablo de Murakami» (2016).
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