Emotividad de la casa

juan martins  (I boletín del XXIV Festival de Occidente)

La Casa Vieja de Abelardo Estorino, representado por al agrupación cubana Teatro D´DOS, nos introduce en una experiencia en la que el actor protagoniza el espacio teatral, construye sus significados desde la misma corporeidad del actor. Esto quiere decir que la progresión dramática del espectáculo se desarrolla en las relaciones que establecen sus actores con la anécdota y con los personajes cuando se nos conduce por medio del rigor dramatúrgico.mvc-015f.JPG Con la finalidad de ser coherentes con una propuesta teatral que no es nueva pero que se sostiene en un trabajo sobrio y alineado con una tendencia estética donde los elementos del gesto, lo gutural y el canto colaboran hacia puesta en escena en la que las emociones cubren niveles de expresión. Los personajes nos dicen de sus angustias, de su lugar en la casa. La actuación, por su parte, se desplaza desde ese registro para otorgarle sentido a aquél espacio que se define en un cuadrante el cual, a su vez, simboliza y connota la casa, la sociedad, finalmente, la familia: el padre. Siendo el padre signo de lo representado políticamente. El padre es el gran veedor que se necesita cuestionar y poner en duda. Y que se hace desde esa interpretación de aquellos signos. La representación, por ejemplo, que hace Deisy Sánchez tanto de «Laura» y «Flora» respectivamente, conducen ese uso conciente de la actuación y del tratamiento de las emociones: sus personajes son, de alguna manera, personajes de la vida, de la familia, permitiendo que las emociones pertenezcan al espectador. Lo orgánico se impone como instrumento de construcción del espacio escénico y de la actuación. mvc-007f.JPGAquí queda clara la tendencia estética: representar la pieza en el marco del espacio prolijo, pero contenido de significación y riqueza conceptual. La dirección actoral logra este cometido cuando consigue la riqueza actoral con la composición del espacio. Sin lugar a dudas.  Desde esa óptica interpreta Deisy Sánchez su composición. Y digo composición puesto que sólo se puede entender en la medida que se establece esa relación con el espacio y el resto de los actores para figurar un ritmo muy particular de la obra: el canto, incluso, la coreografía, no tenía otra pretensión que la de identificar a una emoción específica de los personajes antes que al canto o al desplazamiento de la coreografía propiamente dicha. Importa más, cómo los personajes se van encontrando con una naturaleza humana que les pertenecen tanto al actor como al público. Tal emotividad del espectáculo exigía conferir, a los pocos dispositivos usados, el mayor nivel de significación. Las sillas, casi el único dispositivo, adquieren su simbolización por lo diversidad de su uso, acentuando el discurso de la pieza escrita como unidad estética que quiere revelarse ante el poder como elemento de represión en la familia dentro de la sociedad cubana. Y el resto del elenco le sigue con esa coherencia interpretativa y con el mismo nivel. Destacándose el hecho que el actor Julio César Ramírez (en el rol de «Diego») quien es por lo demás,  el director de la propuesta, lo que nos dice de su tratamiento colectivo en una estética que registra su búsqueda hacia un teatro de texto de alta composición actoral. Pensamos que el espacio donde representaron la obra no los ayudó al ritmo que exigía. Sin embargo estoy seguro que las próximas funciones en el Festival tendrán para el espectador uno de los mejores espectáculos. En tanto entendemos que el teatro se exponga como expresión de libertad y con sentido de reproche hacia lo estatificado: invitarnos a mirar por la ventana de la casa para que entre luz, así nos dice esta obra, nos dice de la versión que hace Julio César Ramírez del autor Abelardo Estorino. Una cubanidad que deseamos mirar y, con ello, se integre al espectador venezolano.

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Acerca de Juan Martins

Dramaturgo. Escritor. Crítico Teatral con trayectoria internacional. Editor. Destacado con varios premios. (Ver más en la sección «Editor» de este blog). Se ha distinguido como crítico en diferentes festivales latinoamericanos de teatro (Brasil, Ecuador y Argentina). Conduce la revista de crítica literaria y teoría teatral «Teatralidad». Ha recibido el premio «Mejor dirección» con el espectáculo «Mariana» de José Ramón Fernández e interpretado por la actriz Mirla Campos en el III Festival Internacional de Teatro Clásico Adaptado 2012. Argentina. «Él es Vila-Matas, no soy Bartleby», «El delirio del sentido, desde un poética del dolor y otros ensayos» y «Novelas son nombres, ensayos inexactos» son sus más reciente libros de ensayos publicado en «Ediciones Estival», Venezuela. Con la misma tiene en imprenta su otro libro de ensayo «De qué hablo cuando hablo de Murakami» (2016).
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