Pasolini a la cubana

                                                                                                                  Vivian Martínez Tabares

Entre la excelente presencia cubana en el V Festival de Teatro  Internacional de Santo Domingo, los espectadores no deben perder Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini, de Michel Azama, en montaje de Argos Teatro bajo la dirección de Carlos Celdrán.La puesta elige un espacio amplio, despejado, en el que un gran cuadro de aserrín recrea la arena de la playa, los escenarios adustos de los procesos judiciales o el apartamento de Pasolini, con pocos cambios que se realizan a la vista del público. Una narradora, vestida sobriamente de rojo y atenta a nuestra llegada, aguarda a que nos acomodemos e introduce la representación. Tres entradas con una suerte de pasarelas truncas en posición diagonal, una al fondo y una a cada uno de los lados, sugieren a nivel proxémico cierto disloque, cierta mutilación que metaforiza la imposibilidad del artista para alcanzar una vida plena, a pesar de su enorme talento y de su vocación liberadora, y corporeiza las tres dimensiones de su existencia abordadas por el texto: la política –fue activo militante del Partido Comunista Italiano y expulsado por su condición de homosexual–, la judicial –en veinte años fue víctima de treintitrés procesos por sus novelas, artículos y filmes, censurados y luego reivindicados por premios y reconocimientos tan contradictorios como los de la Oficina Católica de Cine–, y la intelectual y privada, que revela su pasión por la creación, la entrega al arte y a la defensa de sus ideales, el amor por la madre, el afecto hacia el compañero elegido, la búsqueda del amor.La apertura del espacio, que refuerza la luz blanca en las escenas de enjuiciamiento y que alterna con matices para los intercambios más personales, propone una aproximación sin dobleces, sin máscaras ni subterfugios al tema de la intolerancia y la segregación hacia el otro. La puesta en un alegato límpido por el derecho a la diferencia, que se focaliza en un tema sensible, el del homosexualismo, no reprimido pero tampoco asumido por el discurso oficial dentro de una cultura en la que sobreviven patrones machistas que provocan que esa condición pase defensiva y forzadamente a un primer plano en la proyección del individuo, banalizada desde posturas defensivas reduccionistas, a la larga asociales. Pero el superobjetivo del montaje va más allá, enfilado hacia la defensa de la libertad de elección humana y a la validación de un mundo propio.Alexis Díaz de Villegas encarna un Pasolini a la vez sobrio y soñador, apasionado libertario y que se sabe condenado al sacrificio, campesino de origen y artista cosmopolita que se ha ido refinando en un proceso de aburguesamiento. El actor sabe matizar la contradictoriedad del artista y del ser humano, con defectos y virtudes. Los rasgos de su sensibilidad más pura, ligada al compromiso ideológico, se expresan en los parlamentos en que defiende sus ideas, con expresiones que alternan la inocencia y la rebeldía, y llegan al clímax poético en una escena de la puesta que alcanza una dimensión casi ritual, cuando rescata el carné del partido quemado por el antiguo camarada que viene a reprocharle su conducta inmoral y que para excluirle, asume y cita como argumento el discurso mediático, y luego de reafirmarse en sus convicciones –“A pesar de ustedes soy y voy a seguir siendo comunista.”– sepulta la tarjeta roja en la tierra que prepara para sembrar, como una especie de acto de protección sagrada, como un voto de esperanza germinal y redentora.Pancho García sortea bien la alternancia en la representación de la Eminencia Gris del Gobierno, el Diputado Pagliucca, y el Psiquiatra. En la cuerda floja, a un paso de la caricatura, sabe mantener el equilibrio en aras de una postura crítica que desenmascara personalidades falsas –acomodadas, defensoras de una moral cristiana y burguesa, y aferradas a las ventajas de su cargo, o con amaneramientos que sugieren preferencias sexuales no asumidas y ocultas en el closet– y alcanza su mejor momento con el Fiscal de Roma, que, poderoso y seguro tras el poder de su autoridad, no obstante parece regodearse sin querer con los vicios que ataca, al enumerarlos con grandilocuencia ambigua, como si los saboreara, y revela también con sutileza una cara oculta tras tanta perfección.

Desde la austeridad material y la precisión de cada intérprete, comprometido con la mente y la carne en cada rol, la puesta defiende un teatro de la verdad, y elige para el desenlace una mirada nada ingenua, en la cual en vez de lo oscuro de la circunstancia ambigua de la muerte, opta por revelar y juzgar a los que considera los verdaderos culpables. A la vez, invita a pensarnos, como una propuesta escénica de enaltecimiento de la dignidad humana.

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Acerca de Juan Martins

Dramaturgo. Escritor. Crítico Teatral con trayectoria internacional. Editor. Destacado con varios premios. (Ver más en la sección «Editor» de este blog). Se ha distinguido como crítico en diferentes festivales latinoamericanos de teatro (Brasil, Ecuador y Argentina). Conduce la revista de crítica literaria y teoría teatral «Teatralidad». Ha recibido el premio «Mejor dirección» con el espectáculo «Mariana» de José Ramón Fernández e interpretado por la actriz Mirla Campos en el III Festival Internacional de Teatro Clásico Adaptado 2012. Argentina. «Él es Vila-Matas, no soy Bartleby», «El delirio del sentido, desde un poética del dolor y otros ensayos» y «Novelas son nombres, ensayos inexactos» son sus más reciente libros de ensayos publicado en «Ediciones Estival», Venezuela. Con la misma tiene en imprenta su otro libro de ensayo «De qué hablo cuando hablo de Murakami» (2016).
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