Un arco iris al final del camino

Una de las obras más inquietantes que se ha producido en estos días es Príncipe Azul del argentino Eugenio Grifero y dirigida cabalmente por Francisco Salazar. Vaciedad y absurdo como preámbulos de criaturas de la culpa. Son los términos reales en que debemos definir este atrevido físico-trágico sobre el espíritu gay contemporáneo, definitivo réquiem por una clase social. La obra se centra en la amistad de Juan y Gustavo. Tal es el engranaje fundamental que domina una ficción tan revulsiva como inteligente. Veamos esa historia.
Dos viejos amigos deciden reencontrarse en un puerto solitario. Alrededor, en la ciudad, nada ni nadie acusa el hecho. La amistad y los recuerdos han celebrado su rito de muerte voluntaria como un gesto más del cotidiano devenir ciudadano.
Introducidos, así, en la puesta como bloque temático y narrativo, desvelemos sus progresivas intenciones. Príncipe Azul es, en primer lugar, un feroz ataque a la sociedad masculina que encuentra en estos sobresalientes protagonistas su exponente más esclarecido. Es decir, la negación de aceptarse tal y como son por la carrera del prejuicio moralista. Estos dos personajes, al negarse a sí mismos, están eliminando lo que constituye el sentido de su vida. Esta pieza rechaza ideas y sentimientos como elementos tradicionales de análisis humano, y opta por las sensaciones como vehículo de comunicación y significación. He aquí, un juicio terrible sobre la muerte del espíritu y la victoria de la carne, que, a la larga, provoca desesperación. Tanto es así que, en muchos instantes, Príncipe Azul, produce risa. Pero, precisamente, esta risa es la incontrolada reacción del espectador ante la sorprendente descomposición de las costumbres, es decir, ante el retorcimiento absolutamente anormal del factor real en escena. Es la risa de la soledad cuando constatamos que la angustia induce a la nada.
A pesar de mis discrepancias con el planteamiento y conclusión del montaje; creo que el tándem Moll-Moreno ha caminado en el sentido de esta línea interesante. Ambos lucen como excelentes actores sobre el escenario. Convencido, que el Evangelio ofrece al hombre la posibilidad de liberarse de su propia esclavitud; y que al final del camino podemos encontrar la única verdad: Cristo. Y para tomar esta decisión; no hay edad ni nunca es tarde para decidirse. Porque nadie, como escribió con tanta pasión y autenticidad Albert Camus, puede vivir absolutamente avergonzado de sí mismo.

Carlos Rojas
criticarojas@gmail.com
Especial para el Diario Vea/Un punto de vista

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Acerca de Juan Martins

Dramaturgo. Escritor. Crítico Teatral con trayectoria internacional. Editor. Destacado con varios premios. (Ver más en la sección «Editor» de este blog). Se ha distinguido como crítico en diferentes festivales latinoamericanos de teatro (Brasil, Ecuador y Argentina). Conduce la revista de crítica literaria y teoría teatral «Teatralidad». Ha recibido el premio «Mejor dirección» con el espectáculo «Mariana» de José Ramón Fernández e interpretado por la actriz Mirla Campos en el III Festival Internacional de Teatro Clásico Adaptado 2012. Argentina. «Él es Vila-Matas, no soy Bartleby», «El delirio del sentido, desde un poética del dolor y otros ensayos» y «Novelas son nombres, ensayos inexactos» son sus más reciente libros de ensayos publicado en «Ediciones Estival», Venezuela. Con la misma tiene en imprenta su otro libro de ensayo «De qué hablo cuando hablo de Murakami» (2016).
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