La estética en el teatro se produce en el momento en que el signo dramático se descubre en la sensibilidad, cuando vuelve a ese punto neural de donde partió: la primera imagen de ritualización del mundo./ Edilio Peña
Juan Parodi conjuga los poemas de Marosa Di Giorgio con la presencia de la actriz Vanesa Maja para darle cuerpo al montaje-recital de Rosa brillando, una invocación a la poética. Vanesa Maja desde el mismo comienzo del montaje recibe al público con un clima de absoluta intimidad y complicidad, su mirada lo demuestra. Ya en escena delata la atmósfera con tres dispositivos escenográficos: una banqueta de madera, una despensa cubierta de frutas y un curioso proyector que dibujan una triangulación que le permite a la actriz el desplazamiento lúdico con toda la desenfrenada de la propuesta. La sola presencia de su figura anticipa la variedad interpretativa con los giros precisos y decantados para desentrañar los múltiples estados de ánimo de un personaje que se sabe encontrar con su estética poética. Es la sensualidad hecha palabra. Y más aún hecha imagen apoyada con la música en vivo de Gonzalo Gamallo. Los textos de Marosa Di Giorgio permiten a la actriz desarrollar verbal y plásticamente, el concepto está delineado con delicada pinzas que desde el comienzo hasta la salida de la actriz desbordan en el gran público la sutileza de la pasión por la palabra. Juan Parodi cautiva no solo con su puesta en escena, sino que además le da la oportunidad al espectador para que disfrute del calor humano de la casona vieja, donde se desarrolló el espacio escénico, pero acogedora en su contexto, de esta manera nos brinda una condición: preteatral, teatral propiamente dicha y posteatral. Es una gama compleja de la condicional eminentemente poética. El encanto está en la mirada, la sonrisa y el llanto de la actriz y por supuesto todo lo que evoca e invoca en el público. Materializa el signo dramático, el sugerido por Parodi, por ejemplo, la sensualidad convertida en componente erótico al morder las frutas. Afirmando la apreciación de Octavio Paz en su ensayo La llama doble: lo erótico como una postura poética del sexo, del cuerpo: el vestuario bordado en blanco subraya ese signo, más aún, el juego que establece en las imágenes proyectadas sobre su cuerpo como una pantalla abierta a la imaginación, si menos cabo de lo lúdico. La piel como identidad de lo femenino.
Salve poeta.
Buenos Aires, 15 de julio




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