Con PublicArte se abre una ventana más, un espacio necesario y pertinente para estar a tono con el ejercicio de pensar, analizar y reflexionar sobre lo que nuestros hacedores de arte y espectáculos nos ofrecen. Insertos en este naciente medio impreso que ha sido logrado gracias a una positiva obsesión de la dramaturga y gerente, Inés Muñoz Aguirre, apoyada por un grupo profesional y esperando contar el soporte a futuro de la empresa privada para que este impreso cobre fuerza y proyección nacional, el arte en todas sus manifestaciones se convertirá a través de este impreso, como referente la memoria, la exposición de ideas, análisis del hecho artístico y cultural insufle la atención y expectativa tanto del público lector como de todos nuestros artistas y de las instituciones que los ayudan a concretar el anhelo de un mejor país.
Tomando en consideración que, desde PublicArte se puede comentar sin la presión inmediatista del diario o de la revista especializada que muchas veces urge a quien escribe una crónica o la necesaria crítica, suponga escribir para apoyar con alguna idea o comentario de rigor a lo que es nexo obligante con lo que ocurre dentro de quehacer cultural venezolano: La memoria aparece entonces como orgánico lazo de amarre con lo que dentro de esta dinámica se está hizo o se hace y que de alguna u otra forma tuvo o todavía tiene su incidencia en el contexto de la vibrante actividad que la sociedad cultural nacional muestra sea bien en galerías, museos, salas de conciertos, publicaciones literarias o, en los teatros. Hay que forjar el reto de opinar y que ustedes amigos lectores, extiendan se conviertan en puntales para que este proyecto cobre día a día más fuerza.
La presente crónica aborda el plausible espectáculo ofrecido algunas semanas atrás por la Compañía Nacional de Teatro en breve temporada realizada en la Casa del Artista, del clásico contemporáneo Días Felices (1961) de quien el investigador italiano, Giovanni Cattanei, expresará que fuese el autor que germino como fenómeno directo y con “tejido conectivo en el teatro vanguardista “de la guerra fría” y en el nouveau roman” europeo. Se refería sin duda, al poeta, escritor y dramaturgo irlandés Samuel Beckett (1906-1989). Considerado como uno de los exponentes más relevantes del teatro del absurdo fue capaz de hacer desde su teatro, una revolución trastocante con los conceptos de angustia existencial vividos en el seno de la sociedad europea años después del gran conflicto bélico de la II Guerra Mundial cuando las superpotencias (EEUU / URSS) obligaban a replantear al ser y su existencia en un nuevo nicho de significación ante la cambiante situación sociopolítica y sociocultural que sacudía al mundo entre la década de los cincuenta y sesenta de la pasada centuria.
Sobre Beckett (autor de piezas claves como Esperando a Godot, Final de Partida o, Acto sin palabras), se ha dicho que fue un creador introspectivo, técnicamente sólido, con lenguaje punzante y penetrante humor corrosivo como paradójico. Dramaturgo que hiló diestramente el manejo de inusuales estructuras dramáticas en cuyo urdimbre toda forma de logicidad quedó rota por la “alógica” del trazado de un infrecuente mapa en el cual se percibiese “la liberación del orden psicológico”, la “eliminación de la peripecia” [clásica aristotélica] y el replantear una escena no realista. Escritor y dramaturgo refinado que supo atinar el empleo de premisas manejadas por los futuristas que al parecer imbricó en parte de su legado escritural; incluso, fue un escritor que supo tomar los signos inmanentes de inmortales como Joyce y Proust.
Bajo la dirección de un talentoso joven al frente de la escenificación de Días Felices como Dairo Piñeres, Ser el Otro vio con satisfacción como fue capaz de asumir con tino y rigor teatral, al enigmático y complejo Beckett. Piñeres afrontó un reto distinto a lo que antes le habíamos visto en otros montajes. Con esta propuesta asumió un intento de fracturar su personal forma discursiva sobre la escena que me atrevería a decir que ya se encasillaba en lo que era montajes y espectáculos asumidos desde la trinchera con su colectivo, Séptimo Piso.
Con Días Felices, Piñeres ofreció a un heterogéneo espectador que empieza a capitalizar la C.N.T, de un bagaje pertinente, necesario y especial debido a que no solo se le ofrece montajes digestivos o marcados de un imperioso nacionalismo revolucionario sino que también que se les incita con otras perspectivas de sensibilidad y encuentro con obras claves de la dramaturgia mundial. Trabajo aplomado, conciso y sin concesiones. Asumido desde la línea de expresar que la deshumanización y el imperio de la palabra aun son ejes sobre los cuales se erige una fábula que es suma “de todas las experiencias beckettianas”: lo que significa la condición humana a través de dos personajes (una mujer madura, Winnie, enterrada hasta la cintura en un promontorio de arena y, después, hasta el cuello y, su esposo Willie como el incomunicable ser que solo balbucea frases que lee de un periódico viejo) que saturados de soledad, angustia e inmersos en una atmósfera de desasosiego vivencial, transmiten la ominosa sensación que aquellos pequeños momentos idos -el retomar de ciertos recuerdos felices, pero nunca la alegría de un porvenir optimista- cada vez están más comprometidos por la absurdidad del vivir.
La dirección de Piñeres fue concreta ya que asumió sin disonancias, un equilibrado concepto del espacio, un fluido manejo del volumen escénico, una relación con los actores sintética para sacar con un brillo especial del discurso -casi totalmente monologal- haciendo que sus fortalezas técnicas y de experiencia escénica tuviesen magníficos momentos en el decurso de esta propuesta; también supo ser asertivo con lo que significaba montar el texto y el acento de un todo visual que ayudó a polarizar el impecable desempeño histriónico dado por Diana Volpe y Salomón Adames. Este dúo se plegó a construir con densidad milimétrica, el reto de sus caracterizaciones, con la fascinación de la palabra, el clima de las transiciones y tensiones subjetivas de cada tono. Dejaron en claro su potencia artística en cuanto a manejo esa sapiencia en la técnica de la voz, una proyección plástica desde la casi inmovilidad, de articular expresiones gestuales casi alienadas y hacer que la palabra en fin de cuentas, fuese el ritmo descompuesto de una relación humana sometida al drama de “pasar el día” a como de lugar pero siempre sinónimo de incomunicación. Espectáculo que contó con los aportes de Francisco Caraballo (escenográfia), la paleta lumínica de David Blanco, el vestuario de Omar Borges y la asistencia de Javier de Vita, Día Felices contó con el aplauso de un buen número de espectadores que siento aprehendieron que “el sueño se deshace frente a la realidad”. ¡Ojala repongan este montaje que merecía contar con más tiempo en una cartelera algo deprimida de buenas opciones escénicas!
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Colaborador: Carlos E. Herrera
Columna: Ser el Otro













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