Edgard Moreno-Uribe

 

miguelgraciablog.jpg

“Tengo cáncer al pulmón, pero de esto no me muero. Y no lo juro por Dios porque no soy creyente, pero gracias a mis médicos, quienes desde el pasado diciembre me están tratando con radiaciones y quimioterapia, además de los cuidados de Pili, mi mujer, y de mis hijos, saldré de este momento difícil y podré seguir fotografiando a mis artistas hasta que tenga salir definitivamente de escena”.
Así, primero por teléfono y después en persona, Miguel Gracia (Zaragoza, España, 8 de agosto de 1931) habló, sin dramatismo alguno, de su delicada enfermedad que desde finales del año pasado lo ha alejado de los teatros y otros espacios artísticos venezolanos, a los cuales, desde los años 60, convirtió en sus lisas para trabajar con su silenciosa cámara Leica. Y es por eso que ahora puede hablar muy satisfecho de su gran legado gráfico para la historia de las artes escénicas, tarea de lujo por lo cual el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, previa calificación de un jurado, le adjudicó el Premio Nacional de Fotografía 2006.
Parafraseando a Rodolfo Santana, podemos señalar que para fortuna del teatro y la danza de Venezuela existe este Miguel Gracia, quien llegó a Caracas en mayo de 1958 y se quedó para formar un hogar con la madrileña María Pilar Blanco (Pili) y procrear a Miguel (1972) y Javier (1973), y además dedicarse de lleno a la fotografía de las artes escénicas, hasta constituir un inmenso y valioso archivo de no menos de 4 mil reseñas gráficas de las obras y las más exquisitas coreográficas presentadas en Caracas y otras ciudades de esta tierra de Gracia.

Él no necesitó de alientos o estímulos especiales y se convirtió en “el ojo avizor y con sacrificios, saltando obstáculos, persistió en su intención sin que nada lo apartara de esa vereda repleta de escenarios hirvientes, de testimonios escénicos. Una ruta que, al igual que el Camino de Santiago, construyó un logro y un encuentro consigo mismo”… (Leer más en El Espectador)

Del autor: