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Harry Almela
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Lo conocí en la década de los años setenta, en la ya lejana época del gran repliegue de la izquierda venezolana. Yo ya era un arrimado a la literatura y fui a una conferencia suya en alguna parte de Valencia que por suerte no recuerdo. Allí habló de lo humano y lo divino ante un auditórium cautivado por su verba. Años después, frente al pelotón de fusilamiento de La Liebre Libre, le seguí la pista en los pasillos de la Escuela de Letras de la Central, para que nos autorizara la reedición de su prólogo en un libro de Efraín Hurtado, Escampos, con el que abrimos una colección del mismo nombre dedicada a autores venezolanos consagrados. Su desprendimiento, su humor y su ironía calaron en nuestra relación personal y cavó hondo su actitud de niño desubicado y rebelde, a medio camino entre la sorpresa y el abatimiento.

Me encontré de nuevo con él, a finales del pasado siglo, en las tascas del barrio de Salamanca, cuando en las tardes huía de su papel como agregado cultural en la embajada que existía en esos tiempos. Allí conversamos largo y profundo acerca del país portátil que celebraba con tormento, de su escritura y de su docencia, de las mujeres que amó hasta la saciedad y la lágrima. Rodeado de escoceses, me lanzó una frase acerca de España que definía de un solo plumazo el grave patetismo que caracteriza a cierta intelectualidad madrileña: tanto dolerse por la pérdida de una provincia miserable como Cuba en 1898 y cuando Bolívar les arrebató dos virreinatos no dijeron ni pío. Es que a los españoles les da más caché (continúa Adriano diciendo) perder una guerra contra Estados Unidos antes que reconocer la pérdida de unas colonias por culpa de un ejército de desarrapados llaneros, moviéndose con soltura a lomos de caballo en pelo, navegando en ambos lados de la cordillera andina. Fue en esa época cuando aceptó reeditar por La Liebre Libre su librito Damas. Fue en esa época cuando me ayudó a regresar a Venezuela, llamando a cierto gerente de una línea aérea para que me facilitara un pasaje, trámite que siempre le reconocí, en público y en privado. Le dije en su momento que, en agradecimiento a ese gesto, estábamos gestionando ante una editorial gringa la edición en inglés de su novela Viejo, que llevaría por título Old Parr. Nos reímos hasta las lágrimas.
De regreso al país portátil de nuestra cotidianidad, le vi varias veces en Caracas, en medio de una ebriedad culta e inteligente de la que nunca quiso desprenderse y desde donde supo celebrar la presencia de una continuidad literaria en las generaciones más recientes. Entonces me puse a desentrañar las frases centrales de su novela, lo que me llevó hacia los primeros cronistas de Indias y a Oviedo y Baños en particular. Recordé entonces su columna en el Papel Literario, Del rayo y de la lluvia, que en algún momento será conveniente reeditar. En sus líneas también hay un país de añoranzas, de paraísos perdidos y esperanzas plenas que marcó su escritura desde los años de El techo de la ballena. Me gustó que en los últimos años no se fuera detrás de cierto hombre a caballo y que le doliera el país bifronte en el que nos hemos convertido.

Rafael Cadenas me llamó el sábado a última hora de la tarde para darme la noticia. Debajo de su voz se sentía la ausencia de ya muchos en los últimos tiempos (Jesús Sanoja Hernández, Raúl Vethencourt, Jesús Enrique Guédez). Me sentí animado a decirle que me alegraba de cierta manera. En fin de cuentas, Adriano vivió como quiso, harto de alegría y de amarguras. Fue bueno como un niño, implacable como un niño, según reza la frase del Chino Valera Mora. El último latido de su corazón sonó calladito delante de una mesa llena de amigos, seguramente bien apertrechada de víveres y beberes. Son pocos los elegidos que pueden hacer esas cosas. Son pocos los que pueden llamarse Adriano González León, haber nacido en Valera, ser autor de una obra preciosista donde el hombre y el país son los personajes principales e irse de este mundo ligero de equipaje y rodeado del afecto de sus amigos y lectores. Son pocos los que han vivido con intensidad, desde siempre y para siempre, el profundo latido de la última vanguardia venezolana. Son pocos los que han vivido como si el mundo fuese una fiesta de enlutados. Y Adriano pertenece, desde antes del inicio de los tiempos, a esa particular estirpe.Para leer a Adriano González León:Cuentos:* Las hogueras más altas (1959)* Asfalto-Infierno (1963)* Hombre que daba sed (1967)* Todos los cuentos más uno (1998, antología)Novelas:* País portátil (1968)* Viejo (1995)Poesía:* Hueso de mis huesos (1997)Otras Publicaciones:* Damas (1979)* De ramas y secretos (1980)* El libro de las escrituras (textos con serigrafías de Marco Miliani, 1982)* Solosolo (1985)* Linaje de árboles (1988)* Del rayo y de la lluvia (crónicas, 1991)* El viejo y los leones (cuento infantil, 1996)* Viento blanco (2001)

Fuente: La Liebre Libre

 

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