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Carlos Herrera
Pensar, analizar y reflexionar sobre una de las manifestaciones escénicas de mayor responsabilidad creativa, estética, artística y profesional es, sin duda, la referida al área del teatro para niños y adolescentes. En varias oportunidades he considerado el tema con reflexiones o inflexión de alcance sobre la realidad, vigencia y permanencia de esta especial manifestación teatral. Lo complejo del asunto estriba en las numerosas aristas que el hecho escénico orientado hacia el segmento “infanto juvenil” expone y que más de las veces es más propio de una ponencia que de un artículo de opinión.
Sin embargo, sigo elevando preguntas aunque las respuestas no terminen de cuajar para crear un modelo de mejoramiento a las situaciones que uno, como crítico o persona sensibilizada al hecho escénico siente que deben ser respondidas por aquellos que hacen del oficio teatral tanto una posibilidad de arte, educación y formación.
Persisto en inquirir cuestiones básicas como por ejemplo: ¿qué entiende -en estos años de la primera década del siglo XXI- o como “niño” o adolescente un dramaturgo cuando decide asumir la escritura de una historia o aborda un tema x o y de una pieza teatral? ¿Qué tiene en mente un director de un grupo dedicado a estos menesteres del teatro para niños / adolescentes radicado en una capital de estado o en un municipio apartado del país cuando decide escenificar un clásico de la dramaturgia nacional, un texto “versionado” o, sencillamente, asumir de forma imitativa ciertos elementos mediáticos de moda? ¿Piensan más este director en el efecto de la taquilla? ¿Sienten estos directores a que a través de tal o cual montaje con presencia o no de figuras profesionales del teatro infantil o, con presencia de notorios artistas de la televisión serán los que le dará notoriedad / aceptación en el juego de la oferta / demanda del producto artístico cultural actual?
¿Qué clase de valores de formación / gusto buscan fortalecer a ese espectador infantil o juvenil? ¿Cuáles son las inquietudes que deben, obligatoriamente satisfacer por parte de la dupla: autor, director para estar a tono con los valores morales de una sociedad en permanente cambio de paradigmas? ¿Se considera a fondo el universo de creencias, valores así como la cambiante psicología del niño / adolescente cuando se habla desde la escena de que unos elementos son reflejo dinámico de la cultura de un tiempo dado? ¿Se está dando una estandarización del patrón del “gusto nacional” el cual pareciese estar dominado por temas y contenidos que aparte de evadir sanamente complementan la formación espiritual e individual de ese segmento “infanto juvenil” por parte de un grupo profesional, regional o popular? ¿Existe una justa correspondencia del valor de uso y el valor de fondo entre la cuentística universal que alimenta decenas de montajes frente al avasallante empuje de los valores mediáticos provenientes del cine, la televisión, los juegos de vídeo, la Internet, el uso de celulares, la música urbana, los modismos del lenguaje, etcétera que hacen que un niño de once años ya no piense y reaccione como pensaba y reaccionaba un infante hace menos de una década?
¿Qué tipo de temas y contenidos seducen la atención de un joven adolescente en materia de teatro? y, en consecuencia, ¿qué entiende la gran mayoría de los creadores del sector cuando hablan de producir espectáculos dirigidos para un consumidor “púber” o adolescente? ¿Son estos grupos profesionales con nombre y apellido a lo largo y ancho de nuestra geografía auténticos vasos comunicantes entre la sociedad que cambia pero que asumen un tipo de creación personalista y sesgada en lo creativo insistiendo en que debe ser esto y no aquello lo que habrá de convertirse en “producto” de arte y espectáculo?
Las respuestas tentativas a estas preguntas ramifican otras interrogantes. Las interrogantes algunas de las veces se convierten en etiquetas no clasificables y, menos aún, en propuestas viables de satisfacer la ruptura de estatización que, por años congela a algunos creadores, grupos, compañías e instituciones públicas y privadas de esta Venezuela del año 2007.
Incluso, me pregunto en voz alta: ¿qué pasa realmente con el sector cultural que hace del oficio teatral para niños y adolescentes y que trabaja a lo largo de cada temporada solo ofreciendo de forma solapada o directa sus obvios propósitos de hacer un cierto teatro que no parece evolucionar ni en su fondo ni en su contenido? ¿Por qué una institución como el Teatro Infantil para Niños (TIN) no se sacude de su congelamiento “económico” y termina de una vez por todas de convertirse en un auténtico ente con acción, vida, proyección e incidencia NACIONAL que acometa los asuntos más álgidos que son de su estricta órbita de responsabilidad? ¿Por qué solo su actual junta directiva así como su asamblea de miembros asociados está tan parcamente callada y no son capaces de dinamizar sencillas pero fructíferas jornadas de discusión / reflexión de las problemáticas del sector que supuestamente representan? ¿Por qué solo se limitan a movilizarse a la carrera cuando los presupuestos (léase, convenios de cooperación cultural (CCC) les insufla de ciertos recursos solo armar un frenético festival (FesTin) que, por lo general genera más resentimientos que satisfacciones al plural de los colectivos del país? ¿Todo debe depender del factor “económico” para poder sentarse con cierta periodicidad a conversar con el país teatral que trabaja el teatro para niños y adolescentes a analizar sus fortalezas y debilidades, a crear redes de fortalecimiento, a establecer una diálogo franco con las autoridades del Instituto de las Artes Escénicas y Musicales (IAEM) del Ministerio del Poder Popular para la Cultura? ¿No será que por ahí la actual directiva del TIN y sus miembros se está planteando quitarse la chamarra institucional de la “4ta república” y vestirse acomodaticiamente con valores y directrices de se más abierta a lineamientos políticos ideológicos de la “5ta república” asumiendo como la pomarrosa cambios de oportunidad y no de reales servicios creativos artístico a nuestra sociedad?…
Como se puede ver, me asalta la certeza e inquietud de pensar que las cabezas más visibles del mundo teatral para niños (as) y adolescentes están solo ahí, para esperar el mismo oportunismo: ¡¿Cuánto hay pa´eso?!
No se verifica en los últimos meses, que estos agentes culturales, que estos dirigentes artísticos que conforman este alicaído TIN y también algunos grupos no adscritos a este ente terminen de ser de una vez por todas actores pro activos a fin de ejecutar planes / proyectos y acciones de autogestión comunitaria en red entre ellos y para el sector –que son y será su universo de beneficiarios- tras eso que se entiende como comunidad socio cultural. Más preguntas que me atrevo a levantar: ¿Por qué no se busca allanar un gran Congreso Nacional de todas estas grupos e instituciones que trabajan para el sector teatral para niños y adolescentes donde se pueda tener un levantamiento real y consono al horizonte de expectativas que el medio cultural nacional demanda? ?Por qué el espectro de colectivos que se autocalifican como “grupos estables” no son capaces de construir una acción permanente para fomentar, promocionar, difundir, apoyar y estimular tanto a escritores, directores, diseñadores, realizadores, actores, técnicos, investigadores y críticos teatrales venezolanos con o sin ayuda gubernamental con el objeto de poner coto al síndrome de vernos el ombligo ante la incapacidad de ser más activos, de ser tozudamente obstinados en acciones medianoplacistas, de mantener el egoísmo de la vanidad del “aquí y ahora”, por aspirar efímeras cuotas de un poder (económico y/o político local, regional o nacional) que más de las veces se convierte en boomerang deformante a lo que es y debe ser la realidad “real” del teatro para niños y adolescentes en este, nuestro país cultural?
Al ir hacia cada cierto tiempo a las regiones, al confrontar las disímiles voces de artistas y grupos, al sondear desde mi “visión” como espectador especializado lo que hace, planifica y concreta estos grupos en sus respectivos compromisos de montaje, de encuentros, muestras y festivales, veo que unos y otros no logran ponerse de acuerdo en las cosas esenciales del asunto. Mucho estira y encoje. Mucha envidia y reconcomio solapado. También mucho esfuerzo y poco apoyo. Mucho público que demanda más y mejor calidad. Tras de ello, una generación de niños, niñas y adolescentes que, al parecer no se les escucha aun cuando sean formados como futuros artistas o espectadores. Hay un diálogo de sordos entre grupos e instituciones de alta cultura estatal. Existe un puente caído entre la realidad de los hacedores del teatro para niños y adolescentes y lo que debe ser una sólida política en materia de fortalecimiento del sector. Hay mucho dinero pero es poco el que verdaderamente llega a quienes de una u otra forma, entregan lo mejor de si en lo que se asume como ciclo anual del hacer. Hay quienes tienen demasiado y poco saben como administrarlo y viceversa. Hay mucho talento pero que no se le deja oportunidad para expresarse y menos, de tener una palestra de continuidad, si la tienen.
El teatro para niños se comporta como una de las frases de canción popular: “tiene amigos a montones”; a ello le incido con un toque de mordacidad: “que se comportan como “camaleones”. Cuando hay dinero: ¡muchos bailan al son que les toquen! Cuando no hay dinero, hay un desierto de voluntades.
A pesar de todo, desde este espacio saludo el esfuerzo dado por algunos pocos que siguen bregando porque el teatro para niños y adolescentes sea cada vez más digno, cada vez más ajustado a comprometerse con sus comunidades, que busca saber darse la mano tanto en la amplitud como en la carestía. Doy un espaldarazo a quienes saben oír, pensar y avanzar. Se que hay un teatro dignificado y dignificante que no pide dadivas sino ha sabido devolver con creces dividendos al estado, a la comunidad y al país. Frutos que alimentan y fortalecen a quien sabe tomar con sabiduría sus calorías y sus nutrientes: ese teatro para niños y adolescentes que sabe hablar bien de si y tiene su nobleza en alto.
Esta nota a pesar de estar escrita con algo de molestia, la dedicada a un grupo de hombres y mujeres que, con orgullo y dignidad, con paciencia y perseverancia, llevan la frase en boca: “¡A Dios rogando y con el mazo dando!” Un colectivo que se atreve a proseguir en la dura lid de hacer del teatro para niños y adolescentes de la región anzoatiguense generando una verdad tan alta como una luna en noche de verano. Me refiero, a la persistencia y logro del grupo Puerto Teatro quienes, contra viento y marea, lograron concretar la IX edición del Festival de Teatro Infantil “José G. Romero” realizada del 10 al 19 de Agosto en el Municipio Sotillo de Puerto La Cruz, con extensión hacia varios municipios y localidades de ese caluroso estado.
Ellos (Nelly, Pablo, Carlos, Raquel, Mirella, Sol, Olys, Milagros, Margota, Alí, Tesa, Violeta, entre otros) en la dureza de una coyuntura y con exiguos recursos -un pequeño aporte del Ministerio del Poder Popular para la Cultura y con ingresos de taquilla- sustanciaron un evento donde grupos (Arlequín, Arte y Teatro y La Máquina de Hacer Sueños de Bolivia, Teatro de Títeres Babalawos de Argentina, La Puerta, Laboratorio Teatral, Teatrilandia, Dharmateatro, Cía Experimental Teatro Ambulante de Cantaura, Batahola, Titiritarlos, Puertoteatro, Mister Mimo, Titiartes, Corpus Teatro y el Teatro Universitario de la U.D.O e individualidades invitadas, que trabajan y crean por un mejor teatro infantil saben y entienden que se puede ir más allá de la limitante económica.
Un festival que ya se ha arraigado y que tiene un público que los alienta y les demanda ya que han sabido ganar su confianza así como el respeto de buena parte de los grupos e instituciones que hacen labor permanente por el teatro “infanto juvenil”.
Son pocas las personas que articulan a este colectivo de Puertoteatro pero todos desde su directiva a los miembros de sus talleres juveniles han demostrado que tienen los pies bien puestos en tierra. Si PDVSA les falla, pues no decaen; si la lluvia es sinónimo de “tormenta” pues no se suspende la actividad sino que se re-planifica y se asume a como de lugar. Hay fallas, pero saben oír y eso les hará crecer cuando las vacas dejen de ser flacas.
La calidez, el entusiasmo, la interacción humana, profesional y técnica estuvo presente en los espacios convencionales y de calle, en la comunidad y en el comedero. Hubo espíritu y camaradería. En fin… mi aplauso y mi felicitación porque ellos siguen aportando granos de arena al total del gran edificio cultural que este país espera ver. El teatro para niños, niñas y adolescentes aspira que acciones semejantes se den en cada uno de los estados año tras año con o sin la ayuda gubernamental.
En la Venezuela donde todos cabemos, el teatro es poderosa herramienta para crecer y ser mejores. ¡De eso no me queda la menor duda!
Fuente: Carlos Herrera/Página WEB A Rumbear
BITÁCORA CRÍTICA
critica@cantv.net
Víctor Vegas
¿Cuáles son los efectos del poder sobre la ética? ¿Puede llegar a doblegarla? ¿Hubo alguna vez ética donde el poder ha calado tan hondo, hasta los tuétanos, como quien dice, donde ha echado raíces tan profundas? ¿Qué tan ético es en realidad el poder?
Las anteriores son algunas de las preguntas que me hice luego de ver, en su primera temporada, el montaje que de la pieza de Antonio Álamo, Yo, Satán, realizara en noviembre pasado la gente del Centro de Creación Artística TET y del Teatro del Contrajuego.
Sin duda un espectáculo de gran calidad, con una dirección sobria, donde los detalles fueron rigurosamente cuidados (sobre todo iluminación, escenografía y vestuario); a la vez complejo y minimalista: complejo gracias al texto y minimalista por la puesta en escena. Una combinación no muy común pero que aquí ha funcionado a la perfección, que engancha al espectador y termina por impactarlo.
¿Qué sucedería si el Papa comienza a dar muestras de una crisis de fe? ¿Qué decisiones tomarían sus más cercanos colaboradores, tanto aquellos que lo quieren, que le son fieles, como aquellos que aspiran a ocupar su lugar? De aquí parte Álamo para tejer, con puntadas de maestro, un “thriller teológico (o una comedia vaticana)”, que para mí no es más que una comedia negra, inteligente, cargada de exquisitas ironías… en fin, una pieza muy bien escrita. El tema central de Yo, Satán es el poder y sus alrededores. Y Álamo ha escogido uno de los símbolos más antiguos y aceptados de poder para desarrollar su historia: el Vaticano. Pero igual pudo ser el Palacio de la Moncloa, la Casa Blanca, el Palacio de Miraflores o el edificio-casa matriz de cualquier corporación trasnacional. Esos centros donde quien no aprenda a adular, a someterse al poder, a corromperse, a nadar como el mejor entre intrigas y conspiraciones, pocas opciones tiene de supervivencia. Y será aún peor si ese alguien alberga ambiciones, deseos de ascender y rodearse también de aduladores (y de enemigos, por supuesto).
El personaje principal, Gaspar Olivares, fraile y exorcista de la Orden de los Predicadores, sin ningún tipo de experiencia en los tejemanejes del poder, residente de los eslabones más bajos de la pirámide jerárquica eclesiástica, de pronto se ve involucrado en una conspiración de repercusiones dantescas en el Vaticano. Salir de ella lo mejor parado posible será su vía crucis particular. A propósito, las conversaciones de Gaspar Olivares con el Santo Padre no tienen desperdicio, son una absoluta delicia, de ellas se desprenden ácidas reflexiones cargadas de no menos ácidas verdades. Quizá sean los momentos más inteligentes e hilarantes de la pieza.
Con su obra, Álamo pareciera haber perforado una de las paredes de los muchos bunker que el poder se ha edificado a lo largo y ancho del planeta. A través de esa abertura podemos fisgonear la cotidianidad de los poderosos, lo corrosivo de sus ambiciones y hasta dónde están dispuesto a llegar para conseguir sus objetivos. Lo irónico es que casi siempre, desde esas mismas instancias de poder, atravesadas por la descomposición, por innumerables corruptelas, se nos pretenda imponer paradigmas de comportamiento, de valores morales, en fin, de ética. Con el mayor cinismos, ciertos jerarcas se atreven a dictar cátedras de ética a sus seguidores sin reparar en sus propios comportamientos, o de las instituciones que representan, que van a contra corriente de lo que exponen en sus discursos.
Pero desde hace tiempo el cinismo anda desbocado por el mundo.
Ayer por la tarde volví a ver, en su segunda temporada, el Yo, Satán de Álamo en montaje del TET y Contrajuego. El elenco tuvo dos variantes: Alexander Leterni sustituye a Markel Méndez en el papel de Gaspar Olivares y Maiker Flores reemplaza a William Goite en la interpretación del pintoresco Arzobispo de Lusaka, Emmanuel Malama. El resto del elenco continúa siendo el mismo: Omar Gonzalo como el Papa; Guillermo Díaz Yuma como Cardenal Joseph Hacker; Ludwig Pineda como Cardenal Giusseppe Chiaramonti, Israel Moreno como Monseñor Luciano Vanini y Jesús Sosa como Monseñor Luigi Bruno. Todas las actuaciones son de primer nivel (por cuestiones de gusto, yo me quedo con el elenco de la primera temporada), sin embargo, me gustaría destacar la irreverente interpretación que del Santo Padre hace Omar Gonzalo, una delicia visual y auditiva. La escenografía y vestuario corren por cuenta de Orlando Arocha. Todos bajo la dirección de Juan José Martín.
Para acrecentar la ironía, Yo, Satán se presenta en el Teatro Luis Peraza (Av. Universitaria, Valle Abajo), cuya sala se encuentra justo debajo de la Iglesia San Pedro. No podía ser de otra manera. Allí estará hasta el 2 de septiembre. Funciones viernes y sábado a las 7:00 pm y Domingos a las 6:00 pm. Telf: 662.36.33.
José Luis Meza
Uno de los más logrados trabajos teatrales leoneses de los últimos años será un privilegio para sólo centenar y medio de espectadores, cuando menos durante el Festival Internacional de Arte Contemporáneo.
Y es que “Desiertos en el paraíso”, montaje de Armando Holzer presentado en Espacio Arte Lúdico por Trayecto y Teatro de la Complicidad, es una experiencia escénica personalizada a un nivel nunca antes visto en la ciudad y en la que hay sólo 12 espectadores por función (cuatro funciones diarias, los fines de semana).
La radical propuesta toma como base el texto del dramaturgo venezolano Néstor Caballero, una colección de seis pequeñas historias independientes que aluden a algunos de los aspectos más conflictivos y distintivos de la historia moderna latinoamericana: los golpes militares, los exilios y las guerrillas.
Pero lo hace no como un aburrido documental histórico, sino a través de las historias personales e íntimas de media docena de personajes, en los que los acontecimientos políticos y sociales no son simple telón de fondo o cosa de verse, con lejanía, en las noticias, sino que han herido su corazón y trastocado su existencia cotidiana.
Y lo hace además, de una forma que rompe la concepción espacial tradicional de un espectáculo escénico: cada cuadro es representado en una habitación distinta de una gran casa, que en la ficción es “El Paraíso”, la residencia del legendario escritor cubano José Lezama Lima. Un mayordomo es quien va conduciendo a los espectadores-visitantes a cada rincón de este gran teatro del mundo en escala doméstica.
Nada de distancias ni de aplaudir en cada pausa. La experiencia de “Desiertos en el paraíso” es semejante a ver en detalle una fotografía de gran nitidez, en contraste con ver esos espectaculares en la calle, que a la distancia ocultan sus imperfecciones.
Y es que quizá la única manera de presentarle a las personas de la Generación X lo que significa un golpe militar, salir exiliado del país o ser guerrillero, es presentándolo de una forma extremadamente viva, derribando la tradicional distancia entre actor y espectador y acercarlo a la circunstancia de una tertulia familiar, una fiesta tensa, una pelea casera.
La docena de invitados al “Paraíso” son recibidos por un mayordomo (representado con opuesto estilo por Israel Jiménez y Antonio Alvear, quienes se alternan las funciones), quien los conduce primero al baño, donde una dolida mujer (¿alguna de las prostitutas que trabajaban en esas casas de placer macondianas?) se ducha, mientras le reclama su apatía a su amante militar.
La procesión se dirige luego a un cuarto de hospital, donde un joven guerrillero (David Eudave) se recupera tras haber sido herido en una emboscada. Las heridas físicas parecen estar cicatrizando, pero su espíritu está desahuciado por la muerte de su amigo y la lejanía de su novia.
Cambio de cuarto. Ahora la gente se dirige a lo que parece ser un salón de clases, donde un descorazonado militar (Edmundo Torres) da el cierre de un curso para preparar mercenarios. Aunque parece ser una máquina asesina, termina padeciendo el efecto Frankenstein a manos de uno de sus discípulos.
En la siguiente habitación aguarda Cecilia (Sonia Acevedo), una frágil y devastada joven adicta, madre soltera y con el sueño de ser cantante. Basta seguir el hilo de su conversación unos momentos para entender porqué las paredes del cuarto tienen el acolchado propio de los sanatorios mentales.
En el apartado siguiente, un actor exiliado (Javier Sánchez), celebra una reunión para despedirse de sus amistades, antes de regresar a su tierra, un innombrado país sudamericano donde finalmente ha terminado el régimen militar y retornado la democracia, sin embargo, una carta le dará un aire distinto al festejo.
La última habitación tiene al dueño de la casa ocupado escribiendo: José Lezama Lima (Francisco Bedolla) da los últimos toques a una carta y se desvive por ser un buen anfitrión, aunque el asma y los recuerdos lo atormenten.
Aunque largo (2 horas y media), “Desiertos en el paraíso” es un espectáculo sumamente esmerado e impactante. Todas las actuaciones son impecables y descarnadas, con un David Eudave o una impresionante Sonia Acevedo no dejándose arrollar por la experiencia de Javier Sánchez, Edmundo Torres o el regreso de Francisco Bedolla a los escenarios.
Una hazaña del teatro leonés que resulta arriesgada y renovadora, al mismo nivel que en su momento lo fueron los montajes de Teatro Libre hace 20 años o Luna Negra hace una década. Un triunfo de disciplina, entrega y amor al teatro de sus actores, pues no es fácil manejar ese nivel de energía ¡4 veces al día en menos de 5 horas!
El efecto cinta de Moebius tan característico de este FIAC, se repite con claridad aquí, con actores de ayer y hoy conviviendo al tú por tú, con Armando Holzer y Antonio Alvear coincidiendo por primera vez o en el caso de Javier Sánchez y Francisco Bedolla, que a una docena de años de distancia de “Final del juego”, se reencuentran en un proyecto igualmente rompedor y que pisa fuerte en la historia de la escena local.
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