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Carlos Rojas

morelia-munoz.jpg El último fruto de Miguel Issa, La Zaranda; tenia la intención de tocar de semejante modo la sensibilidad nostálgica y memorativa de un público tan vasto: los niños. La recreación de un mundo infantil, un universo místico y de celebración, lleno de canciones y momentos lúdicos captó con su inocencia y su sentido de la traducción, plasmadas en el folclore popular, a los espectadores mas grades o pequeños desde su memoria.
Y si se insiste tanto aquí en la ambientación musical que contribuye a crear la mencionada impresión de felicidad, es por que en ella recae buena parte del sentido genérico y narrativo de la creación. La ilusión de momentos de celebración colectiva parecen seguir sin fin el ritmo de la vida de La Zaranda para mostrar cierta perpetuación situada temporalmente en un limbo histórico. La fuerte presencia de la música de la cantante Morelia Muñoz, refuerza esa interpretación lúdica de una historia de honradez pueril, puesta entre dicho cuyos antecedentes se pueden retrotraer hasta el teatro clásico infantil venezolano. Sin embargo, es la composición musical de la puesta en escena la que termina de redondear el juego infantil. La formulación precisa de este entretenimiento musical intradiegético conformara una identidad, que dialoga iconográficamente con una composición evidentemente venezolana, que logra apelar el sentido tradicional de la población eminentemente popular.
La relación de los intérpretes, a pesar de la situación jerárquica, y el valor de las piezas musicales que rigen la escena hacían imposible materializar el teatro-danza de cual nos tiene acostumbrado Dramo, pues el motus del espectáculo era la recreación de un espacio idílico, ordenado, infantil, sencillo, pero lleno, de alegría, utilizando bailarines no consagrados –como Simón Álvarez, Lester Arias, francisco González, Brian Landaeta, Ferlyn Ramírez, Ildemar Saavedra, Juan Solórzano y Alexis Sulbarán. Además de contar con la presencia desenvuelta de los actores: Simona Chirinos y Rafael Gil, inestimablemente dirigidos por Issa- se corresponde con una atractiva puesta en escena, pero sin duda el valor de la propuesta radica sobre todo en la recreación ambiental del locus tierno, tanto a efectos de escenografía como del dispositivo escénico de todos los abundantes números musicales. Isaa no duda en usar las canciones de Muñoz que permiten, dentro de las posibilidades con las que contaba la producción. Mas bien al contrario, La Zaranda nace como una producción diferente para el mercado incipiente infantil de la actualidad.
Por lo tanto La Zaranda hizo conocer un mundo pintoresco y valedor de una tradicionalidad nada condescendiente con los tiempos modernos. Pero la propuesta del Dramo supone, sobre todo, la irrupción de todo un acervo musical venezolano, ya depurado por la Fundación Morelia Muñoz, pero de un colorido y alegría.
De todas las canciones que cantó Morelia Muñoz, se nutrirá una generación que cantará a grito pelado las canciones infantiles, y si la historia no le parece mala, Dramo se la volverá a contar.

Un punto de vista/Especial para el Diario Vea
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