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Luis Alberto Rosas*

 

El domingo 12 de agosto de 2007, finalizó en la Sala de Conciertos del Ateneo de Caracas, la primera temporada de la más reciente pieza teatral del dramaturgo venezolano Elio Palencia, intitulada: La quinta Dayana, bajo la dirección de Gerardo Blanco y la producción del Grupo Bagazos, protagonizada por: Elaiza Gil, Marisol Matheus, Francis Romero, Adrián Delgado y Mabe Hernández, acompañados de: José Medina, Cipriano Castro, Geira González, Oliver Muro, Natalia Hoyos, Lucía Ruíz y Carlos Ramírez.
La quinta Dayana aborda una temática nunca antes vista sobre las tablas venezolanas, el transgénero, y cómo este particular, afecta a una familia aflorando en su seno las terribles disputas por la aceptación, la tolerancia, la solidaridad, el respeto, el rechazo y la marginalidad.
Dayana, la protagonista, vuelve a casa en busca de apoyo en su familia para poder terminar de convertirse en mujer (sueño anhelado toda su vida y objetivo central de existencia) llega justo antes de ser hospitalizada en la ciudad de Montreal, donde reside, desde hace 15 años, para informar que ya no puede continuar pagando las cuotas de la compra de la casa que adquirió con mucho esfuerzo, ya que, debe utilizar ese dinero para llevar a cabo su propósito. Creyendo que la respuesta será positiva, Dayana apela al amor fraternal y materno, pero consigue decepción y rechazo, y una quinta convertida en rancho donde conviven, como pueden, varios parientes “arrimados” más que por necesidad, por comodidad y que se han convertido en parásitos de la familia. Lo único que está intacto es el amor y la comprensión de su abuela y de su primo Monche.
Creemos que lo más importante de este espectáculo se asoma en el logro dramatúrgico de Palencia, que lo lleva a convertirse, sin lugar a dudas, en el dramaturgo venezolano más polémico de la actualidad y que retrata la contemporaneidad venezolana de manera más fiel. El trabajo de Palencia, apunta hacia una síntesis de esa “venezolanidad” que ha perdido toda conexión con los valores y costumbres, en donde prevalece el ventajismo y la necesidad de sobrevivir en una sociedad cada día más hostil.
Ya algunos autores venezolanos, en la historia de nuestro teatro, han realizado esta difícil tarea de volver universal el localismo venezolano: José Ignacio Cabrujas, Rodolfo Santana, Gustavo Ott, nos han entregado célebres retratos de nuestra idiosincrasia, que se han convertido en verdaderos tratados de nuestro pueblo. En este caso, Elio Palencia con su obra, demuestra una madurez en ascenso, que impacta por la sapiencia del oficio de escritor dramático y por una construcción casi perfecta de caracteres y situaciones acompañadas por el humor, confirmando esa particularidad del venezolano de reírse de sus propias miserias. Este particular permite a Palencia, impregnar sus textos de una poesía única y un lenguaje específico que inevitablemente hace que el público comulgue sin tropiezos con sus anécdotas.
En este drama, se tornan célebres las participaciones del personaje de Maíta como esa mujer amorosa y fiel a su corazón de madre y abuela cabeza de familia, esa venezolana matriarcal ya en tránsito al retiro. Por otra parte, los soliloquios de Dayana y su Madre, se convierten en verdaderas y contundentes lecciones de la visión venezolana del mundo actual, donde no hay límites para la trasgresión, la desfachatez y los anti-valores. Una sociedad deteriorada por sus graves problemas económicos, sociales, políticos y culturales; en donde ya nada nos sorprende.
En La quinta Dayana, asistimos al encuentro con un abanico de posibilidades ante un tema que genera incomodidad para unos, hilaridad para otros, sorpresa en muchos, incredulidad en la mayoría, pero que no deja lugar a la indiferencia, su estructura permite que el espectador se enfrente definitivamente a una realidad de nuestro siglo y a una verdad que cada vez nos toca más de cerca.
La propuesta escénica de Blanco al abordar tamaño texto es sencilla, sin grandes “espectacularidades” poniendo sí, mucho énfasis en la puesta en escena, concentrándose básicamente en los desplazamientos de los actores y tratando de resolver el conjunto sobre las tablas. Es ahí donde descuida el decir de algunos intérpretes, creemos hay mucha preocupación por movimientos y tránsitos innecesarios que causan ruido y restan limpieza al espectáculo en general.
El montaje, es sostenido por dos grandes bases, las actrices Marisol Matheus (Maíta) y Francis Romero (Mamá) quienes aventajadas veteranas de las tablas, conocen su oficio y saben cómo impregnar de ritmo, y dinamismo la puesta de Blanco: Matheus construye una interpretación plena de matices y detalles que inmediatamente enganchan a la audiencia. Por otro lado, Francis Romero desde su avasallante entrada no deja lugar a dudas que es la dueña y señora de casa y de la escena. Creemos que este personaje de la madre resulta de una complejidad mayor, en tanto se facilita mucho coquetear con el cliché, pero Romero, inteligente actriz, construye una madre contundente, que, cuando se piensa va a dar su brazo a torcer- como toda madre debería- por el contrario aprieta más el torniquete hasta acabar con el veneno.
Elaiza Gil, construye un personaje creíble, ciertamente, pero sumergido en el estereotipo más sencillo del travesti, hay que tener cuidado con estos difíciles caracteres, no es solamente un travesti, es un transgénero, que no es lo mismo. No es fácil abordarlo, más cuando no existe una experiencia tan amplia sobre las tablas como es el caso de Elaiza Gil y menos aún sin una dirección de actores correcta, por eso se queda en la superficie. No sólo con bajar el registro vocal y utilizar ademanes afeminados, se logra un carácter tan complicado como el del personaje transgénero que es Dayana. Creemos que con tiempo y dedicación Gil logrará sacarle punta a tamaño reto, en próximas temporadas y estamos seguros que encarnar a Dayana pudo representar una extraordinaria oportunidad para que un actor se luciera interpretando a esta “casi mujer”.
Por su parte, Adrián Delgado en su debut teatral, no sorprende, ni molesta. No comprendemos las decisiones de dirección de colocarlo en dos personajes distintos: el hermano parásito de Dayana y el primo, amor frustrado de la protagonista, respectivamente. El error ocurre, cuando no se le brindan al actor las verdaderas herramientas para resolver dos caracteres distintos y lo que causa es confusión en la platea, al creer que son gemelos, cuando existe otro vínculo familiar. Más aún si el intérprete, en este caso Delgado, no cuenta con los instrumentos, ni la experiencia que lo puedan llevar a construir dos personajes totalmente disímiles, a los que hubiese podido sacarle mucho provecho y no quedarse a medio camino. Su estampa de galán es lo que se utiliza y cumple con su rol no muy distinto a lo que le hemos visto en la pantalla chica.
Mabe Hernández, quien cierra el cuadro protagónico, en su hilarante personaje cumple con su objetivo de narradora de la acción dramática y su personaje está servido para que el público se enganche con ella sin mucho esfuerzo.
El reparto constituido por los familiares invasores de casa, sentimos que, como los concibe el puestista, dio como resultado un conjunto flojo en sus caracterizaciones, que logra banalizar el montaje sin necesidad.
En síntesis estamos frente a un gran texto que nos golpea fuerte intentando penetrar, lográndolo a través del humor negro, pero que una vez dentro desgarra por los álgidos temas que mueven su dramática. Texto que fue aprovechado por Blanco sin sacarle la punta necesaria. Es un espectáculo correcto, que puede ser aun más contundente si se pone más atención a la vida interna de sus personajes y preocuparse menos por el tránsito escénico para obtener una limpieza y redondez que respalden la calidad dramatúrgica. Inteligentemente se rodea de dos mujeres titanes de la escena como son Marisol Matheus y Francis Romero, en quienes no debería caer tamaña responsabilidad, sino en el personaje protagónico, sin embargo hay ocasiones en que no se puede tapar el sol con un dedo…
Aliarts
Caracas, 19 de agosto de 2007

Comentarios: luisalbertorosas@gmail.com

 

* Egresado de la Escuela de Artes de la UCV (Mención Artes Escénicas. Cohorte 1999), actor, director, productor, docente universitario, Fundador y Presidente del Grupo Teatral Delphos.

 

 

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