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José Luis Arce
Peter Brook siempre cuestionaba la validez de los monólogos. Es que uno no ama el teatro en sí sino la posibilidad de poder ser en algún sentido, cada vez más dialogante. El teatro es una forma posible y al desarrollarse en el instante (por eso mismo plagado de malentendidos, ya que en él uno no corrige, lo hace después). Cuando el crítico nos pone en una linealidad discursiva, ya lo empieza a hacer. Pero nosotros no podemos salir de él, aunque nos expliquen y nos hagan explicar. El ya acudido Hillman dice que la conciencia es el don de mantener el diálogo y la inconciencia el dejar ciertas cosas fuera de él, a través de la represión. Uno piensa, ¿qué cosas interfieren el diálogo?: hablar solo, reproducir memorísticamente el texto, lo puramente informativo y no sentido, lo que no araña la mente, mentir, la imitación de lo natural, la imitación de emociones y sentimientos, la réplica mimética de lo observado o aún de lo captado inconscientemente, pegar, mezquinar, etc, etc. Frente a estos atentados, ¿qué hace el teatro? Explota como un psico-shock en el sentido de lo ‘enactuante’ que ya mencionamos de Francisco Varela. Esto es, con la emergencia de algo nuevo de una situación cualquiera. Peirce, recordemos, lo llamó abducción.
En el teatro el espectador no es dependiente, no es el paciente del médico, ni el cliente del mercado. El actor como creador tampoco es dependiente del espectador por más entrada que haya pagado. Esa independencia incomoda. Quita seguridades, pero crea condiciones para el diálogo en tanto favorece la nitidez de las fuerzas y es por eso que puede inter-actuar. Inter-actuar es la disposición a ser modificado. Pero aquí debemos tener cuidado con un peligro al que ya mencionamos cuando hablé de la kenosis: que la vaciedad cultural le confiera a la comunicación artística, que parece ser el sine qua non del diálogo, un rol redencionista. Es decir, que el abajamiento de Dios al Cristo equivalga al del Sentido al Arte, con un carácter salvífico. Si la belleza está en nosotros, podemos pensar en un acting out que la experiencia interior, espiritual, favorece como una emergencia cargada de verdad, que sólo en tanto tal, y por su desamarre de emociones y pensamientos atados, equivale como acontecimiento a una instancia en donde se combinan la invención, la imaginación, lo vivido. Esa es la trama de un mytho que germina de nuestros acrisolamientos arcaicos, que ya tenemos incorporada. El amor a la belleza es un placer objetivado, pero antes es una pulsión con que nuestra conformación primaria puede no sólo eclosionar como violencia animal, sino como una fuerza de carácter distinto, un grito germinal que ya sintetiza lo que nos hace ser humanos. Un grito primario como decía Arthur Janov que atraviesa el cuerpo comunitario de millones de años, el organismo de la tribu. Que al brotar ya hace presuponer al otro, lo llama y lo busca. La violencia urbana del mundo actual proviene de una pérdida de ese carácter. Carácter viene de: “lo que está marcado o grabado con finas líneas”. Se trata de borrarlas. Ese es el trabajo de la violencia, la que da por tierra con todo diálogo. Esa violencia elige moverse con lo que no tiene cara. Lo que no tiene máscara, lo que no es persona. Lo que no tiene carácter no tiene interés en la cara del otro. Ser persona es alguien que se destaca por su medida, por su capacidad para elaborar una ‘rostridad’ inconfundible y luminosa.
Fuente: foro del Celcit
