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La compañía Nacional de Teatro (CNT), una de las más respetables fundaciones de país, ha tenido la feliz idea de producir Diálogos de Carmelitas, basada en el texto original del francés Georges Bermanos e inspirada en la novela de Gertrude Von le Fort. Idea tanto más plausible porque el montaje es un hibrido en versión ballet-teatro y además, permiten enfrentarnos al tema siempre atractivo de la relación entre «diálogo artístico» y «a priori filosófico».
Diálogos de Carmelitas, tiene dos dimensiones completamente distintas. De una parte, la documentación sobre los trágicos sucesos que involucraron a una comunidad de monjas de la orden Carmelitas Descalzas en la región de Copiegne, al norte de Francia. De ahí la dureza de esta pieza, quimera elocuente de una sociedad impía. De otra parte, sin embargo, Diálogos de Carmelitas, es un canto cálido y casi infantil a la «Orden» en cuanto tal, a la vez a las instituciones dependientes de la Iglesia, demostrando un anticlericalismo también infantil. Es muy fácil encontrar unas ingenuas religiosas y un furibundo sacerdote que se establezcan en muestras de los «métodos católicos».
Junto al relato externo de gran sencillez, cuyo mérito principal podría ser la descripción pormenorizada de la rutina diaria, fluye paralelamente otra narración interior, donde radica el drama. En ella se plantea esa tensión, tan frecuente, en que hay que tomar una decisión sobre el propio destino. Los personajes son prisioneras de sí mismas e incluso, socialmente, ya están suicidadas. En esta situación parecen oponerse radicalmente el corazón y la cabeza; el pasado y el futuro, la sugestión y la certidumbre; los valores de unos nuevos estímulos, tal vez ya los últimos de la esplendida femenina, y los de la autenticidad, acreditados por toda una vida. La directora consigue presentar esos planteamientos a base de un constante nerviosismo de la imagen que acompaña a la tensión del drama, siempre bordeando la tragedia. Nunca se pierde el pulso. El suspense se dosifica con exactitud a un análisis cíclico, que obliga al espectador a identificarse con los personajes y a realizar su mismo camino interior. Al final de la historia, todos los personajes «anómalos» habrán desaparecidos, vencidas, ejecutadas, ante la normalidad de la mayoría imperante (los vencedores).
Mérito que no descansa solamente sobre los hombros de la directora, sino que mucho se debe a las extraordinarias interpretaciones de las bailarinas; y a la gracia de la joven actriz Anaís Alvarado.
Carlos Rojas/criticarojas@gmail.com
Un punto de vista
Especial para el Diario Vea













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