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Juan Martins
El ambiente del lector en Soy vertical. Pero preferiría ser horizontal es confusa a la vez que arrolladora. Nos abandonamos o nos apegamos a la lectura. Nos introducimos en su instrumentación poética. Por un momento esa apariencia prosaica nos invita a leer con facilidad. Hasta aquí el engaño. Puesto que para entonces estamos involucrados en, si se me permite el término, su sensualidad simbólica. El símbolo se confunde con lo cotidiano. Lo cotidiano con la alteridad, en tanto se expresa la unidad del yo poético sobre la narrativa de la estructura, la historia en sí misma, de lo escrito. Se exhibe la puesta en escena de aquel corpus semántico: el poema es una pieza dramática y teatral expuesta mediante el diálogo de las voces. Delineadas en tres distintas alocuciones. Ahora es necesario destacar que este poema dramático no es estrictamente, en su rigor formal, una obra de teatro. No estoy seguro de que Plath expresamente se lo haya propuesto así. Aparece sí la escena para la disposición del lector. Se colocan en un escenario pero que está artificiado desde la palabra. Es la estructura cuanto vale para el lector. El escenario es simple. El diálogo no. El espacio se define en su forma simbólica: el dolor, cuya forma ejemplar es una emoción catalizada desde la naturaleza del símbolo y no de su realidad cotidiana, racional. Pienso que en este poema dramatizado —es una manera de definirlo— la emoción se desfigura y transmuta en una realidad distinta y a la vez compuesta de aquella emoción. Parte de una sola idea: la otredad del autor. Aquella naturaleza de Plath que su cotidianidad no conocía y que llegamos a enterarnos cuando nos hacemos lectores de su poema. De allí lo extraño.
Es, si se me permite el término, un diálogo de voces escenificados. Y todo ello es una trampa para el lector. Lo que está en juego es la estructura de los diálogos, en tanto sea una estructura del poema a lo que nos sometemos como lectores. Cada voz —que en la apariencia del texto es un personaje— pone en manifiesto un yo de la poeta y son tres las voces definidas durante el transcurso de los diálogos. Lo que hace comprometedor a su discurso poético: resolviéndolo de modo simbólico para el lector. Plath posee conciencia de su capacidad de alterar la realidad hasta el punto que el lector se descuida. Es firme ante esa posibilidad poética y no declina. No lo hará porque es de la manera en que puede hacerlo. No tiene otra —y esto es un nivel de conciencia del poeta—, lo sabe y lo desarrolla al máximo: el poema —si ustedes prefieren—, la pieza dramática nos dice de inmediato cuál puede ser el límite del símbolo mediante los ensambles de la palabra. Es decir cuántas alternativas se exhiben para expresar una realidad que es inherente, y sólo así, a esa realidad simbólica:
Pinto la antigua boca.
La antigua boca que olvidé con mi nombre.
Hace uno, dos, tres días. Fue un viernes….
Y entonces me pongo de pie, la vista un poco borrosa.
Echo a andar….
Hasta esa realidad es comprensible que el lector rechace cualquier intento de continuar con la lectura. Pero no por una situación de incomodidad como lector, sino porque el lector esta consciente de los estados emocionales por los que esta siendo conducido: su rechazo es emocional y hasta vivencial. Si estoy en lo cierto, este poema alcanza una forma dramática muy especial: el lector-actor se enfrenta al hecho vivencial de sus emociones. Y hasta donde sabemos eso pertenece al teatro: el juego de emociones al que somete el espectador. Entonces el lector asume el perfil de un espectador (si de alguna manera aquéllas emociones han intervenido en el lector). Pero cabe decir aquí que la emoción no pertenece a aquél lector edulcorado o fácil. Antes se ha sometido al desplazamiento de las voces que —por no expresar los acontecimientos de la vida de una manera cotidiana—, a entrado a esa despersonalización que está significando la alteridad en toda la cultura de la literatura occidental (a su vez es el modo en que Plath asume el mundo). De acuerdo a esto, pone en escena —y así lo quiere al formarlo como poema dramático— la cotidianidad del otro por vía del dolor: la voz de la mujer no se halla satisfecha ante su nuevo perfil de madre-hija al momento que agota todas las posibilidades de su dolor, en tanto que está signando su condición estética de expresión cuando entran en juego el resto de las voces (tenemos que recordar que este poema se conforma de tres voces dialogadas en forma de libreto teatral). Como es de esperarse, ponen en escena otros niveles de la emoción y, por consecuencia, otra realidad, sin desprenderse de uso simbólico. Desde este momento una voz interviene por la otra de manera aleatoria y sin consecuencias, únicamente responde a su estructura poética. Si queremos entender que esta instrumentación simbólica es parte de lo que hemos asimilado como modernidad, notaremos que esto, la alteridad del personaje, se hace presente en nuestra poeta: lleva su artificio hasta las últimas consecuencias:
SEGUNDA VOZ:
Estoy en casa a la luz de una lámpara. Las tardes se
prolongan
Cuan maravillosamente la luz abarca estas cosas
Hay una especie de humo en el aire de la primavera,
Un humo que se apodera de los parques, de las pequeñas
estatuas…
Por momentos esa aparente forma prosaica no es otra cosa que la intención de confundirnos en el tratamiento con la palabra. Jugar con el uso prosaico dentro de su entramado signo: las cosas no nombran, son nombradas. Nombran la realidad y, lo más importante, a sí mismas: despersonalizándose. Todo se dispone a esa relación con la naturaleza: el espejo me devuelve una mujer sin deformidad. El yo se impulsa desde una metafísica de la cotidianidad, cuando el pensamiento viene acompañado de aquellas cosas cotidianas de la mujer. El hogar se envuelve en el espacio. Se construye en torno a su espacio poético, si se quiere algo lúdico: el hogar es un espacio del juego e irracional. Todos los objetos en él se transmutan, se transfieren a las formas del pensamiento que le son fieles a las voces del poema. Las voces están allí expresándose y no por lo que quiere expresar el poeta, sino por lo que puede expresar. Es el poder de estas voces que le confiere a la unidad del poema una construcción simbólica y artificial que la hace, a su vez, edificante. Es edificante sólo porque los signos recrean la naturaleza de aquél espacio que se reconstruye constantemente, el hogar.
En el instante que las voces se edifican, los signos, referente y significado arrollan al lector-espectador en espacios distintos y polivalentes. De aquí su alteridad: el espejo, el dolor. El otro se pone en evidencia y avasalla la naturaleza del espacio, de la cotidianidad del hogar: el nacimiento del hijo es una manera de ver al otro. Desde la madre, su mirada es un constante desplazamiento de la cotidianidad, una salida de ella. Busca salir mediante el diálogo. No lo logra: el rostro en el estanque era hermoso, pero no era mío. Se halla en medio de la estructura. No tenemos otra salida que involucrarnos en las voces, delineadas como personajes: voz primera, voz segunda y tercera voz. A esa única estructura responde el lector, al diálogo. Las formas del diálogo se expresan desde esa relación sígnica que bien determina la alteridad: el otro se sobrepone a las emociones. La emoción es el reflejo de la realidad, en tanto que dispone mirar hacia el otro. Entonces decía que su modernidad viene dada no por el hecho de componer el lugar de la alteridad, sino en la manera en que trata ese material de la emoción: la narrativa y la cotidianidad de la historia es un encuentro con las posibilidades que le otorga el símbolo, la palabra. Haciendo que la simple vida del hogar sea una reflexión sublime, pero dramática.
Debemos entender que no le es exclusivo a los poetas contemporáneos el uso del símbolo. Pero si tenemos que tener claro que la forma de hacerlo mediante del teatro tiene una pretensión determinantemente clásica, puesto que el teatro no es una forma nueva, ni nació con este siglo. Le confiere a su poesía un uso clásico, en tanto usa esta forma teatral en el poema. Lo que nos devuelve, por otro lado, al canto.
La emoción es sólo el escenario para una puesta en escena de un hecho que en estos momentos es más importante para nosotros: el drama de la otredad, la puesta en escena del dolor, de la alteridad. (más)
fuente de la fotografía: Adamar
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