—Fragmento—

 

 

Santiago Martín Bermúdez

(…) Divorciadas, Evangélicas y Vegetarianas (1889) reúne tres personajes femeninos vinculados por solidaridades oscuras. La soledad y el terror propician la sonoridad secuencia en clave de humor desgarrado. Fue esta pieza uno de los primeros éxitos de Ott, un éxito que no se limitó a Venezuela. Nos da la impresión de que estas tres mujeres son antecedentes inmediatos de las cuatro que tejen la trama diabólica de Gorditas (1994). En Gorditas, el mundo femenino ha pasado a parecerse80-dientes.jpg demasiado al masculino, pero con armas que los hombres desconocen y con cautelas que los refuerzan frente a aquél. La creatividad y el ingenio, la amistad y la comprensión se convierten en puntos de partida para su negación a manos de la voluntad de poder y la lógica implacable de un capitalismo brutal. El mundo de estas mujeres ambiciosas que salen de la juventud y aterrizan en las junglas de los despachos y los medios (es el mundo de la publicidad, pero podía ser otro, tan moderno como éste) está muy cerca del de obras de David Mamet como Glengarry Glen Ross o Speed the plow. Sólo que Ott prescinde de elementos biográficos y toma las situaciones en su desnuda brutalidad. Tipos, más que personajes, estas mujeres terribles le permiten a Ott retratar otro tipo de corrupción, la corrupción moral. Las Gorditas ya no están perdidas, como en Divorciadas, Evangélicas y Vegetarianas, ahora están ganadas para la lógica de la integración en el más feroz de los engranajes. Ya no son las mujeres indefensas, sino la moderna mujer que puede convertir a los demás en víctima, la ejecutiva, la alta directiva, la que ha conseguido el éxito profesional. Es el progreso que, según parece creer Ott, es también el progreso del mal.

La violencia y la delincuencia están presentes en todas las grandes ciudades. No selimitan a ellas, pero es en ellas donde alcanzan la categoría de habituales, de omnipresentes, de plagas. Son un síndrome y un síntoma, al margen de que provengan de bandas marginales, de individuos desesperados o de eso que se llama el crimen organizado. Pero en ciertas ciudades de Iberoamérica y Estados Unidos son algo más. Porque están todavía más presentes, son aun más habituales, adquieren categoría pandémica. En ciudades como Caracas todo el mundo te cuenta que hay una estadística siniestra de muertes violentas a lo largo de la semana, con especial predilección por los fines de semana. En la literatura las testimonian muchos en su crudeza. Por ejemplo, los brasileños Rubem Fonseca y Chico Buarque. Gustavo Ott ha penetrado en ese especial círculo del infierno de este mundo para tratar de comprender, sin por ello negarse a la fascinacíon.
Piezas como Nunca dije que era una niña buena (1992) o Corazón Pornográfico que gritas venganza (1995) se adentran en ese mundo del crimen, en su vertiente no organizada, no gangsteril: la atracción por la violencia, la adición al asesinato, la emulación de los crímenes como en una competición deportiva; y también su caldo de cultivo: la barriada miserable, los adolescentes y jóvenes perdidos, la lógica del beneficio en una sociedad sin oportunidades que, además, es ampliamente anémica. En Nunca dije… hay unos muchachos apasionados por una improbable carrera como estrellas del pop. Son antecedentes del trió protagonista de 80 Dientes…
Pero en ambas obras lo fascinante es la protagonista femenina. Corazón Pornográfico arranca con el asesinato frío, se diría que inmotivado, de Betty a manos de su hermana Verónica, que emprende así su triunfal carrera.
La lógica de la delincuencia se muestra, más que nunca, pariente cercano de la lógica del éxito que en Gorditas lleva a Martina desde el idealismo hasta el poder implacable. ¿Qué importa que a Verónica no la mueva antes un ideal, sino sólo el resentimiento? El resultado viene a ser el mismo. Verónica, además, deja en la cuneta otros cadáveres, los de los inocentes. Martina, sin acudir al gatillo, da sólo cuenta de sus rivales. Muy distinta es la suerte de Trixi, una muchacha de quince años sedienta de sangre y de cariño que no podrá gozar demasiado tiempo de su récord de treinta asesinatos. En esta obra los personajes son niños, adolescentes que apenas rozan la pubertad, hasta el punto de que Lulú, con sus veinticuatro años y su indumentaria neonazi, parece una anciana a punto de dejar su liderazgo a manos de los apresurados niños criminales que codician su puesto.
En bastantes ocasiones, Ott ha sentido la necesidad de prescindir del relato lineal, aunque siempre ha sometido la secuencia a elipsis y numerosas delincuencia expresivas. Destacaremos aquí dos piezas en las que el tiempo, sin volverse loco, es protagonista dentro del caos general de la sociedad en bancarrota; y lo es porque no transcurre en secuencia progresiva, sino de acuerdo con otra lógica. El resultado son dos piezas experimentales, pero no vanguardistas, en las que el ensayo no niega la comunicación con un público amplio; sólo que le obliga a desperezarse un poco. Se trata de Pavlov, dos segundos antes del crimen (1991) y de Comegato (1997).
En Comegato hay un reloj que preside la acción. Y junto al reloj, una radio por la que están retransmitiendo carreras de caballos. La primera escena que presenciamos coincide con la sexta válida y da comienzo a las 5:38 p.m. El desenlace trágico tiene lugar inmediatamente después de comenzar la acción.
Los antecedentes no los conoceremos por completo hasta la sexta y última escena, que coincide con la primera válida, a las 2:57 p.m. ¿Qué ha hecho Ott? ¿Escribir una pieza de interés sólo relativo y colocar las escenas al revés? Ni mucho menos. Recordemos que a Priestley se le llegó a reprochar algo así por su pieza Time and the Conways, que colocaba el tercer acto donde el segundo. Pero esta disposición temporal tiene su sentido y obliga a mucho: a que planteamiento y desenlace se solapen, a que el clímax no coincida con el mayor punto de dramatismo, a que el desarrollo de la acción sea descendente sólo en apariencia y resulte progresivo en la realidad. De nuevo la delincuencia, el atajo de las conductas desviadas, los mercados clandestinos y el crimen para conseguir una vida mejor a costa de lo que sea. Y el sexo, que en las obras de Ott no es obsesivo, pero que siempre esta presente como desencadenante. El giro del tiempo afecta al planteamiento de las pasiones y le da una dimensión a la trama, a los personajes y a la situación que la hacen apasionante. qué importa que sepamos desde el principio que Natalia va a matar a David. El triángulo se dibuja como algo más diabólico que un sencillo adulterio, porque se mezclan en ello las relaciones familiares sin sentido de una sociedad en bancarrota moral, la mínima falta de normas, el paisaje asfixian de una gasolinera, la angustia de quienes huyen hacia adelante sólo para desperárse de una buena vez… (más)

Fuentes: «Documentos» en la web personal de Gustavo Ott

Imagen: web de la La AECI

Nota del editor: creo importante crear un ciclo de reflexión en torno a la influencia del teatro de David Mamet en la dramaturgia latinoamericana, en tanto lo estilístico y la estructura del lenguaje. De allí que abrimos un espacio a tal introversión en nuestro blog. /juan martins.