Juan Martins

Pensándolo bien, podríamos hablar de una estética del do­lor. En­ton­ces, apegándonos al precepto, diríamos, una poética del dolor en el ac­tor —siempre que ajustemos nuestra mirada a lo irracional— para inter­pre­tar, libremente, las conse­cuencias del término en éste, el actor. Al decirlo orien­tamos nue­stras ideas ha­cia lo que está fuera de orden. Esto es, pensar en un ininteligible or­den de ideas o en un ele­mento que per­mita per­ci­bir la rea­lidad en otro len­guaje. Lo que, al mismo tiem­po, re­sulta discursivamente mo­lesto. Aho­ra, para quien tiene como nor­ma que la reali­dad es inal­terable, se le hace inadmi­si­ble otro modo de ver las co­sas. Lo que estoy dicien­do no es nuevo para na­die, en al­gún momento lo dice Julio Cortá­zar, al a­fir­mar, de mejor manera, que oc­ci­dente no acepta otra natu­ra­leza de conoci­mien­to que no sea la es­tric­ta­mente racional. Pero es posible —lo afirma toda la his­to­ria del arte que conoce­mos— acce­der al conoci­miento mediante lo irracio­nal, lo in­tuitivo y lo impredecible. El encanto de la lite­ratu­ra está allí precisa­mente: en dejar­nos sedu­cir por rea­lidades tan disí­miles como es­tas y, en el mejor de los casos, im­pulsar cual­quier eventua­li­dad de co­noci­mien­to. Asumimos nuevas for­mas y cuan­do decimos for­mas, lo decimos en el senti­do plás­tico de la pa­la­bra. Atrayendo el tér­mi­no, dolor, hacia una categoría literaria que nos conceda, con ello, experimentar en torno a la na­tura­le­za del actor, de la misma manera que un ar­tis­ta no debe re­sis­tirse a nuevas posi­bi­li­da­des en su pro­ceso de crea­ción pro­pia­men­te di­cho.

Se somete a un juego figurativo, sin que tenga tiempo de racio­nali­zar conceptos que, después de to­do, termina por encasillar su hallaz­go crea­tivo. Si él se permite concep­tua­lizar, antes de sen­tir, su expresión habrá lle­gado tar­de a las pro­pias nor­mas del acto creador. Esto es, dejar­se llevar por cada uno de sus instin­tos. Pero aquí está su contradic­ción: reconocer cuáles son los límites de los mismos cuando or­gani­ce in­telec­tual­men­te, aunque parezca contradictorio, las figuras que de­terminan su instinto creador y plástico según lo exija la ex­presión rígida de su arte: actuar, des­cu­brir el do­lor.

Aquí el dolor tiene una acepción más estética que orgánica. Es decir, el dolor definido como alocu­ción inter­preta­ti­va, rodeado, en su discurso, de su com­ple­jidad simbóli­ca. Y al decir­lo así nos introdu­cimos en un problema mayor, puesto que nos que­da, antes de seguir con cual­quier otra idea, definir el propó­sito del arte para este actor y cómo se conci­be en el con­texto que le con­fiere, además, necesa­rio para llegar a muchas conclu­sio­nes, de las cuales tendrá que conservar aquellas que reduzcan los métodos más estrictos a sus afectos e intuicio­nes actorales, en el que, des­pués de esto, el actor se sen­tirá cómo­do. Él sabe que se expresa pero puede lle­gar a ignorar cuáles son las carac­terísticas concep­tua­les que determi­nan ésa expresión, muchas de las veces poco le importa, y es libre de aceptarla. Y la acepta. Pero la técnica, conque ha lle­ga­do a cier­ta forma meto­dológica de su ejecución actora­l, nece­sita ser orga­nizada y clasi­ficada. Y ello lo hace un actor en el cui­dado de su artificio. Un actor que ha al­canza­do el per­fil de su proce­so creador, ascien­de sobre el dis­curso. Desper­so­naliza su entorno para definir estéti­camente todo lo que lleva a cabo y, él, su entorno orgánico y espiritual, lo ha enten­di­do cómo arte, transformando su creación en un proceso sensual… (más)

Fragmento del libro Poética para el actor de juan martins

Publicado en The Latino Press. First Edition, 2000