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Resulta sintomática la actual situación que expone el hacer escénico caraqueño. La comedia comercial anda por sus fueros. Por un momento, el menú para seleccionar que ver se ha estrechado en producciones netamente ligeras. Ciertas productoras independientes en alianza con algunos conocidos directores del medio teatral están dejando de lado cualquier resquicio de explorar dramas o comedias de reflexión para ajustarse a cierto filón digerible que le encanta a un espectador que solo lo que desea es ver rostros conocidos –sean estos de la vario pinta farándula o del mundillo del modelaje- “actuando” de lo más despreocupados cuando enredador la misma cartelera parece estar sofocada ante la ausencia de propuestas de mayor rigor tanto en lo propio de sus contenidos como en la capacidad creativa de los puestistas.¿Dinero
fácil a como de lugar? ¿Mantener el hacer escénico aunque solo sea con teatro digestivo? ¿Dónde el riesgo cuando se decida asumir tal o cual propuesta teatral? ¿Dónde la inquietud de plantearse algo, algo distinto a lo que se entiende es solo complacer la evasión del público consumidor? Ese mismo público parece comportarse de dos maneras: la primera, de estar algo desarmado por las escasas posibilidades de alternativas que hay en las marquesinas. Asume, que lo está en oferta para su solaz en las salas más reconocidas le hace sentirse casi manipulado por el ostentoso aparataje mediático que va desde el título del montaje –casi siempre muy sugestivo- que con cierta recurrencia entra a las marquesinas y donde un cierto cartel artístico pesar más que lo que se habrá de consumirse como discurso temático argumental. La otra situación es quizás un poco más descorazonadora debido a la presencia de grupos y “vente tu” con producciones menores que sinceramente compiten con costos de venta de boletos que dejan un incómoda sensación de fraude cuando ese espectador sale al concluir la función.
Hay sinceramente una situación de cambio en la dinámica teatral de estos últimos meses. Los grupos consolidados, los dramaturgos con nombre y apellido, los directores y actores que pueden dinamizar el hacer teatral local están muy silenciosos. Sabemos que al hurgar los ¿Por qué? de tal situación pues empezaran a subir como espuma ya conocida: limitaciones presupuestarias, restricciones de los espacios, falta de interés del público por sus propuestas, poco o escaso apoyo financiero privado, etcétera, etcétera. Parece que este tiempo y los que vendrán será un lapso donde los productores independientes -que ven más al teatro como una cajita de apuesta comercial- ejercerán más control en esa ecuación de la oferta y la demanda. Incluso, algunos podrán argüir ante cualquier opinión experta, que será la única manera de salvar al teatro.
Es cierto, ¡hay que evitar que la dinámica teatral no sucumba! Es de todos sabidos las trabas y dificultades que cualquier grupo o compañía teatral debe de sortear para llevar adelante un proyecto teatral a su feliz culminación. El estado con su posición de masificar se está poniendo cada día más cerrado y con más alcabalas en lo que a materia de subsidios se refiere. La política es que esta figura desaparezca y los grupos deban asumir y ofertar su actividad bajo el renglón de “productos y servicios de carácter social”. Un amigo director me decía en estos días: “¿Es que acaso nosotros no tenemos una labor social cuando trabajamos para crear esto que llamamos teatro? ¿Es que lo que hacemos no tiene valor?” ¡Vaya que si es de complicado el asunto!
La alta presencia de un teatro comercial, ligero, masticable donde el oropel de la imagen se impone cala más y más. Eso es magnético para algunos intereses empresariales que son, ciertamente, selectivos en cuanto dinero dar a los productores que conocen y a quienes dejar de lado. Existen también factores como las salas que estipulan reglas de programación y de tiempo para tal o cual grupo. La insoslayable inseguridad de las calles nadie la puede negar y una creciente oleada de marginalidad en las aceras que bordean la entrada de ciertas instituciones culturales limita el acceso a ciertos teatros y asusta a cierto público. Súmese también que un productor asume el riesgo de invertir en un proyecto artístico con la premisa de que si no recibe subsidio estatal debe pensar y asumir con entereza que ese proyecto a escenificar deba ser redituable y, por ende, calcular con rigor ¿Cuál será el margen de ganancia una vez que concluya tal o cual temporada?
La proliferación de montajes comerciales es un asunto que debe verse y analizarse con detenimiento porque es fácil para algunos etiquetar más que generar nichos donde cada cual se sienta que allí puede hacer un trabajo “creativo” con tranquilidad sin irrespetar a los demás, que aliente nuevas fuentes de empleo para artistas, diseñadores, realizadores y técnicos y que si ese es la veta a explotar ¿por qué tiene que producir para la quiebra? Siento que se debe activar una dinámica teatral que a todos beneficie. Creo que los extremos donde unos gritan acaloradamente que todo el teatro venezolano se hunde en lo comercial es una postura exagerada pero también creo que no hay que dejarle el terreno abierto a que pulule un teatro estatizado y masificado porque serán otros los que elevaran su voz al cielo.
Debe de haber un espectro de actividad escénica plural y diversa que vaya desde el más frívolo teatro digestivo hasta el más osado teatro experimental. Que haya más teatro de arte y de calle. Que exista teatro de alta comedia y si ese es su fuerte, pues que se le estimule y anime. También se requiere de un teatro vivo donde conviva desde el clásico antiguo al contemporáneo. Debe haber teatro amateur y teatro estudiantil pero no mezclado en ámbitos (salas) donde la gente paga para consumir productos acabados y no “bodrios que espantan” porque de estas mezclas salen malos entendidos y el resultado, es directo: el teatro profesional pierde calidad y credibilidad… (más)
Fuente: Bítacora Teatral
Por Carlos Herrera
critica@cantv.net
El Taller Experimental de Teatro T. E. T presentó en el Espacio Plural del Teatro Trasnocho, su más reciente pieza, La Cena, basada en la conocida obra del dramaturgo italiano contemporáneo Giuseppe Manfridi, con la interpretación de María Fernanda Ferro y los actores invitados, Alejo Felipe, Antonio Delli e Ignacio Márquez. Todos bajo la batuta de Marc Caellas.
Ya realizada en la ciudad de Miami con otro elenco, Caellas muestra una sencilla y muy poco arriesgada puesta en escena donde un Padre (Alejo Felipe) se reencuentra con su hija (María Fernanda Ferro) luego de muchos años de ausencia, para cerrar heridas del pasado y lograr la reconciliación, evidentemente imposible por las tirantes relaciones y las patologías que cada uno de ellos presenta.
En el rescate del más exquisito teatro de cámara del Siglo XIX, esta versión escénica de La Cena se presenta en un reducido espacio sólo para 25 espectadores quienes se sientan en torno a la misma mesa donde los tres personajes degustarán sus miedos, angustias, carencias y relaciones tormentosas, para ir desenmascarando sus verdaderas personalidades y devorándose entre ellos mismos sin oportunidad de llegar al postre final.
El texto de Manfridi, es lo más resaltante de este montaje, sin lugar a dudas, se trata de un soberbio y difícil drama, de un autor que conoce su oficio de dramaturgo, donde los personajes evolucionan de una manera extraordinaria y donde en principio pareciera no acontecer nada, sin embargo a medida que avanza la acción nos damos cuenta cómo se van resquebrajando las apariencias y surgen demoledoras las verdades, frente a los enfermos deseos de cada uno de los personajes.
El novio lucha por disimular su avaricia y lograr un mejor status para resolver su paupérrima existencia, la hija por continuar con su desenfrenada locura de vida, el padre obsesionado por lograr que su hija se quede en casa y el criado, antiguo amante de la hija, por mantenerse al lado de ella. Cuatro personalidades particulares en constante pugna por obtener lo que quieren, para al final auto-destruirse y destruirse entre ellos, llevando hasta las últimas consecuencias sus enfermizos amores.
La puesta en escena de Marc Caellas, quien se estrena como director en suelo venezolano con esta pieza, nos resulta más bien tímida, poco arriesgada y que sólo se quedan en la forma. El director centra su atención en una planta de movimientos casi estática, básica si se quiere, que sólo cumple el objetivo de contar la historia, pero no existe arrojo. El texto como tal, ofrece infinitas posibilidades y más aún con la planta actoral que lo respalda y a la que le pudo sacar más provecho.
En esta lectura de La Cena los histriones masculinos salen más favorecidos que la intérprete femenina, Ferro ha desarrollado una particular forma de representar los personajes que a ratos pudiese coquetear con la sobre-actuación y este estilo actoral va en contra de la forma naturalista, sencilla y justa de los demás actores. Alejo Felipe, da muestras de la gran madurez actoral que permite con facilidad calificarlo de Primer Actor, con una interpretación textual inmejorable. Delli no se queda atrás y da rienda suelta a su sapiencia del oficio sobre las tablas, sin lugar a dudas uno de nuestros actores jóvenes más talentosos. Por su parte Ignacio Márquez apoyado en su físico particular, colma el espacio de verdadero misterio y coherencia actoral.
En general La cena como espectáculo total, es un producto de alta factura textual con desniveles actorales que, seguramente con una dedicada revisión de la interpretación pudiese encontrar otros matices, sobre todo en el rol femenino, pero que, sin embargo, rescata felizmente un teatro de cámara olvidado, en donde el público es el gran protagonista y ve en La Cena un oasis en el desierto de la marquesina teatral caraqueña.
Luis Alberto Rosas Caracas, 13 de julio de 2006 (Aliarts)
Comentarios: luisalbertorosas@gmail.com
* Egresado de la Escuela de Artes de la UCV (Mención Artes Escénicas. Cohorte 1999), actor, director, productor, docente universitario, Fundador y Presidente del Grupo Teatral Delphos.













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