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En el espacio 6 se representó la p e r f o r m a n c e “ last super, vegetarianos y carnívoros”, del intérprete Rodolfo Rodríguez en el en el “4.off art-festival de Margarita recorre Venezuela”. A mi criterio esta experiencia me recordó al trabajo orgánico Jerzy Grotowsky, teóricamente hablando claro está. Me estoy refiriendo a lo conocido por todos como lo es el uso del espacio, la síntesis y el cuerpo como elemento protagónico del dominio de ese espacio actoral y por tanto de su representación, la voz y el sonido de las palabras. En este caso la atmósfera se crea desde las condiciones corporales. Tomando en cuenta que el cuerpo es el eje del sentido, se corporiza la energía del espectáculo en una disposición simétrica del uso del cuerpo. De alguna manera, Rodolfo Rodríguez, está conciente de esa instrumentación técnica a la que le da lugar sobre el espacio escénico. En otras palabras, hay un procedimiento de la danza, pero también de aquello que le es teatral: la estructura es básicamente dramática, dada la tensión que se crea con la energía del cuerpo: giros, desplazamientos, saltos que otorgaron, en su conjunto, una plástica y una relación muy dinámica con la historia que se nos pretendía comentar. Tal uso del cuerpo, como unidad de significación, le aportó al espectáculo una definitiva conciencia del entorno y la atmósfera creada.
Se crea una estructura por medio de esos signos que nos permitió reflexionar sobre las cualidades del ser humano: la infancia, el rito y finalmente lo religioso: el hombre está sujeto a la manera de pensar en Dios, no se libera culturalmente de conceptos que lo alinean, y tal alienación del concepto de Dios, se le impone, se le estructura desde el lenguaje, desde la lengua como medio de control. Entonces su cultura es un producto de esas condiciones de enajenación. De allí que este performance reiteró el proceso violento en el acto de consumir o bien sea porque somos carnívoros o vegetarianos. Ese acto cultural de hacernos en el alimento se cuestiona cuando esa acción (fundamentalmente orgánica) se convierte en un rito ya casi religioso en la sociedad de consumo. Allí está lo irreverente a la hora de cuestionar. Cuestionamos nuestra propia condición biológica de ser, de alimentarnos. Al cuestionarlo se nos imponen nuevos ritos que nos permiten mirar sobre lo que somos y lo que entendemos desde la memoria. De allí que la presencia del niño estructuraba el rito, componía y le daba atmósfera. A ello lo acompañó movimientos simétricos y su uso delimitado en el espacio teatral. El uso del piso ha sido uno de los referentes en esta performance junto a la textura que armaban el vestuario y la danza como parte de aquella unidad de signos que se establece. Cuando todos esos signos se centran en el actor, nos encontramos con una “energía” corporal y con sentido único del actor, entendiendo que el actor es una expresión también cultural y antropológica y de aquí a lo orgánico. El gesto (máscara ) era una identidad que expresó en el habla un sonido más bien rítmico y que tenía la intención de involucrarnos, por medio de ese signo, a las nuevas formas del lenguaje para reencontrarnos con el rito y con nuestra concepción de Dios. Al punto que tanto el público como el actor se unificaron en el espectáculo. (más)
Juan martins/ estivalteatro@yahoo.es













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