Coetzee y Byatt, principales candidatos al premio Booker
Ambos están entre los seis finalistas del concurso literario británico más prestigioso. De llevárselo Coetzee, sería el primer autor en ganarlo tres veces.*
Desgracia de John Maxwell Coetzee (Sudáfrica, 1940) es una curiosa experiencia narrativa en la que lo ético y literario se reúnen. El discurso se desplaza desde el mundo de las ideas, los conceptos y sobre la visión de un personaje de 52 años, «David Lurie», profesor universitario venido a menos cuando se ve involucrado en una relación con una de sus alumnas. Este contexto será la apertura de un discurso narrativo que introduce al lector en un universo más conceptual, incluso, las ideas que se desarrollan mediante «la voz del narrador» no son más que una modalidad del lenguaje para captar la atención de la lectura hacia aspectos más relevantes en el desarrollo de la novela que son las contradicciones sociales y políticas de un país como lo es Sudáfrica en momentos del apartheid. Ese componente social se hace hecho literario puesto que Coetzee lo va a elevar a un nivel estilístico y más aún estético: en la medida en que la narración avanza junto con el lector vamos registrando aquellas condiciones sociales y políticas a las que se hará referencia constantemente en la confrontación subjetiva de aquel personaje ante esa realidad la cual se le va (des)construyendo, en principio, como una abstracción y al final como un carácter de vida inexorable. La figura individual entonces del personaje es sometida a cambios emocionales que permiten, a un tiempo, crearle al lector un «paisaje» político del país en la medida que «David Lurie» se desenvuelve ante la visión de su propia vida, en esa misma medida, éste, el personaje, descubre las propias condiciones de su pensamiento. No será para éste ya suficiente la vida que ha concebido. Tendrá que definir su realidad en un nuevo contexto para él. Para el autor este personaje es signo de ese argumento que se contendrá de nuevos significados, de nuevos contenidos cuando éste se someta a cambios subjetivos que, como dije, cambiarán su vida y, por consecuencia, la hilaridad de la historia que leemos. Su propia vida será un proceso de transformación individual, Su contexto cambia en tanto que su visión de las cosas se convierte al nivel de su pensamiento, desde esa abstracción del personaje, como técnica narrativa sin llegar a hacer una novela psicológica. Así que Coetzee no quiere darnos ninguna lección de ética, sólo le preocupa «narrar» la historia subjetiva de los personajes. Y mueve al lector en una dinámica que impone el relato, en tanto a su forma literaria. Incluso, permite el autor que la «voz» del personaje elabore interpretaciones hermenéuticas de la vida, la literatura y la política. Todo, a un mismo nivel de la narración. Un discurso interno en el otro:
-Wordswortth escribe acerca de los Alpes -dice-. En este país no tenemos nada que se parezca a los Alpes, pero tenemos la cordillera de Drakensberg o una escala más reducida, Mountain Table, cumbres a las que ascenderemos tras la estela de los poetas,…
Al mismo tiempo, estos cambios de ritmo poético unifican la tensión del lector hacia un interés mayor: narrar la condiciones históricas del personaje como (pre)texto de su discurso, En su momento esa relación con el texto no es más que un recurso narrativo para extender una interpretación del personaje y que le sirva al autor de componente ideológico. Queremos entender que lo ideológico es en el autor lo que se define sólo en forma literaria y al nivel pragmático del lenguaje: la descripción (intensiva y precisa cuando el lector la necesita), el hecho narrado por sí y la acción misma conforman un contexto que le otorga a la novela su extracto de denuncia. Y es un hecho curioso que conquiste esta denuncia por la vía de lo sintáctico (la forma de lo narrado) lo cual nos conduce a esa condición del lenguaje, puesto que la acción del personaje (me refiero al movimiento interno de la narración, a su dinámica) se nos representa en las condiciones emocionales al momento que éste «descubre» la vida social más allá de su recinto universitario, más allá de su propia individualidad: el contexto del país se le apremia. Ahora comprendo que la lectura no está comprometida con esa visión sino con el personaje y a la vez, desde lo narrado, con el relato. Es decir, el lector intimida con lo estilístico de la forma literaria: los ritmos de los diálogos y su uso reiterativo le confiere esa naturalidad y cercanía con el lector. La realidad se le hace coherente y creíble desde el texto, a partir de las mismas condiciones que le exige el texto tanto al autor como al lector el cual se afirma emocionalmente en la historia y la acción. Así que lo «moral» se da por el placer en el lector de reconocer ese contexto. De modo que el pensamiento se introduce en forma de imagen y construcción estética; Read the rest of this entry »


El espejo, escrita y dirigida por Marisol Gómez, representada en la 











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